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jueves, 24 de agosto de 2023

Doce películas de Godard para ver una vez en la vida (III)

(cont.)

9. Salve quien pueda (la vida) (Sauve qui peut (la vie, 1980)

Manifiesto cinematográfico donde Godard ilustra, en una secuencia inflada, el sometimiento a las cadenas del deseo y el lucro. Repleta de destellos poético-cinematográficos, esta película reinventa un arte de filmar el paisaje, un beso, un cuerpo, un movimiento.

10. Nueva Ola (Nouvelle Vague, 1990)

Esta película difícil, con numerosas citas literarias, genera varias lecturas, según se sea sensible a la conversión de una mujer tocada por el milagro de una resurrección, al mito del eterno retorno o al cambio de actitud del deseo. amar. Godard habla del Antiguo y Nuevo Testamento, del amor, de la mentira, de la redención.

11. Hélas pour moi, (1993)

En esta película sobre la duda y la fe, nueva variante (después de la Nouvelle Vague) del relato del eterno retorno, Godard opone la palabra y lo visible, y compara la frustración de Dios con las angustias del creador que es, impotente para poseer lo real, para filmar lo infilmable. En esta película austera pero inspirada, hay magníficas iluminaciones, un pecho en la oscuridad, una forma de ver los árboles, la hierba, el cielo, el agua...

12. Histoire(s) du cinema (1998)

A la vez ópera revolucionaria y oración fetichista, sus Histoire(s) du cinema ofrecen un placer extático del que brota un enérgico optimismo. Detrás de la voz de ultratumba del cineasta, nos vuelve a la memoria una de sus declaraciones sobre la fecunda belleza de la oscuridad: “¿No se dan  los paseos más bonitos al caer la noche cuando hay esperanza para el día siguiente? [...] Para mí, el crepúsculo trae esperanza en lugar de desesperación.”

jueves, 17 de agosto de 2023

Doce películas de Godard para ver una vez en la vida (II)

(cont.)

5. Alphaville (Lemmy contra Alphaville) (Alphaville, une étrange aventure de Lemmy Caution, 1965)

Lemmy Caution en una misión entre los letrados. La tecnología tiraniza, los últimos románticos leen Paul Éluard: una apasionante ciencia ficción de autor.

6. Weekend (Week end, 1967)

Es la película, estúpida y mezquina, de un hombre enojado contra la burguesía de la sociedad de consumo. Godard muestra dos especímenes (el ejecutivo falocrático, su descerebrada esposa) en medio de la fiebre del viernes por la noche. Un mosaico de bocetos irreales, rellenos de alusiones políticas y culturales, voluntariamente escandalosas.

7.  Sympathy For The Devil (One Plus One)(1968)

Junio ​​de 1968. Tras un agitado mes de mayo en París, Jean-Luc Godard zarpa rumbo a Londres. Quiere conocer a los Beatles, incluso hacer una película con ellos. Finalmente serán los Rolling Stones... Un paciente documental sobre la génesis de la canción Sympathy for the devil en un contexto de papilla ideológica, sin LSD pero con ácido.

8. La Chinoise (1967)

¡Un concentrado de Godard de los años 1960! Discursos marxista-leninistas, montaje sincopado, cartulinas negras, destellos poéticos, actores militantes... Huele a Mayo del 68. Una película testigo y profética.
(cont.)

miércoles, 16 de agosto de 2023

Doce películas de Godard para ver una vez en la vida (I)

Una selección cinéfila, cariñosa y totalmente subjetiva, pero adecuadamente ordenada cronológicamente, de doce películas del “terrible” Jean-Luc Godard.
Los títulos de las películas de Godard son como haikus, cortos y llenos de significado. Podemos divertirnos reuniéndolos, separándolos. Jugando con las palabras, Godard lo hizo antes que nosotros, por supuesto. A propósito de Je vous salue Marie dijo: " En María hay Amor" o, evocando a Truffaut: " Iremos a vernos de nuevo, aunque sea a 451 grados Fahrenheit... volveremos a vernos...".
Divertirse, a su vez, con los títulos de sus películas es escribir improvisadas frases poéticas, todas extrañamente melancólicas: “Pierrot le fou está sin aliento este fin de semana”; "¡Salva tu vida! ¡La China se fue a vivir la suya a Alphaville!"; “Nombre Carmen dicen los carabinieri al detective que vino a alabar el amor…”; “Ay de mí, la nueva ola se destaca...” Divertidos poemas matutinos surrealistas de Oulipo que Raymond Devos ciertamente no habría negado. El comediante enamorado de las palabras empuja la canción en Pierrot le fou y no es casualidad...
Si los títulos son muy conocidos, ¿hemos visto todas las películas? Con motivo de la muerte del director, hemos elegido, en orden cronológico, una decena de obras que ¡habrás visto al menos una vez en tu vida! Porque todas estas historias de cine forman un hermoso libro ilustrado...

1. Sin aliento AKA Al final de la escapada (À bout de souffle, 1960)

Este primer manifiesto de la Nueva Ola revolucionó todo un apartado de la gramática cinematográfica, imponiendo dos nuevos iconos: Godard y Belmondo.
Jean-Paul Belmondo y Jean Seberg en Al final de la escapada (1960)

2. Vivir su vida (Vivre sa vie, 1962)

Doce cuadros donde Godard filosofa sobre el amor ofreciendo letanías luminosas a Anna Karina. Filma a su musa como una composición pictórica. Espléndida.
Anna Karina en Vivir su vida (1962)

3. El desprecio (Le mépris, 1963)

Doble historia de una película que se hace y una pareja que se separa, en Capri. Godard se inspira en Alberto Moravia. La peluca marrón de Bardot, la música de Delerue, la voz de Piccoli: una obra maestra.
 Brigitte Bardot y Michel Piccoli en El desprecio (1963)

4. Pierrot el loco (Pierrot le Fou, 1965)

Ferdinand (Belmondo) y Marianne (Karina), huyendo de París a la Costa Azul, subliman todo lo que ven, huelen y tocan. El fondo está oscuro. ¡La forma es bulímica! Un gran Godard, si no el mejor.
Anna Karina y Jean-Pual Belmondo en Pierrot el loco (1965)
(cont.)

jueves, 22 de septiembre de 2022

Doce películas de Godard para ver, al menos, una vez en la vida (III)

(cont.)

8.- La Chinoise (1967)

¡Un concentrado de Godard de los años 1960! Discursos marxista-leninistas, montaje sincopado, cartulinas negras, destellos poéticos, actores militantes... Huele a Mayo del 1968. Una película testigo y profética.

9.- Salve quien pueda, la vida (Sauve qui peut (la vie), 1980)

Manifiesto cinematográfico donde Godard ilustra, en una secuencia inflada, el sometimiento a las cadenas del deseo y el lucro. Repleta de destellos poético-cinematográficos, esta película reinventa un arte de filmar el paisaje, un beso, un cuerpo, un movimiento.

10.- Nouvelle Vague (Nueva ola) (Nouvelle vague, 1990)

Esta película difícil, con numerosas citas literarias, genera varias lecturas, según se sea sensible a la conversión de una mujer tocada por el milagro de una resurrección, al mito del eterno retorno o al cambio de actitud del deseo. amor. Godard habla del Antiguo y Nuevo Testamento, del amor, de la mentira, de la redención.

11.- Hélas pour moi (1993)

En esta película sobre la duda y la fe, nueva variante (según la Nouvelle Vague) del relato del eterno retorno, Godard contrapone la palabra y lo visible, y compara la frustración de Dios con las angustias del creador que es, impotente para poseer lo real, para filmar lo infilmable. En esta película austera pero inspirada, hay magníficas iluminaciones, un pecho en la oscuridad, una forma de ver los árboles, la hierba, el cielo, el agua...

12.- Histoire(s) du cinéma (1998)

A la vez ópera revolucionaria y oración fetichista, sus Histoire(s) du cinema ofrecen un placer extático del que brota un enérgico optimismo. Detrás de la voz de ultratumba del cineasta, nos vuelve a la memoria una de sus declaraciones sobre la fecunda belleza de la oscuridad: “¿No se dan los paseos más bonitos al caer la noche cuando hay esperanza para el día siguiente? [...] Para mí, el crepúsculo trae esperanza en lugar de desesperación."

miércoles, 21 de septiembre de 2022

Doce películas de Godard para ver, al menos, una vez en la vida (II)

(cont.)

4.- Pierrot el loco (Pierrot le fou, 1965)

Ferdinand (Belmondo) y Marianne (Karina), huyendo de París a la Costa Azul, subliman todo lo que ven, huelen y tocan. El fondo está oscuro. ¡La forma, ella, es bulímica! Un gran Godard, si no el mejor.

5.- Alphaville (Lemmy contra Alphaville) (Alphaville, une étrange aventure de Lemmy Caution, 1965)

Lemmy Caution en una misión entre los Alphabètes. La tecnología tiraniza, los últimos románticos leen a Paul Éluard: una apasionante ciencia ficción de autor.

6.- Week-end (1967)

Es la película, rara e impresionante, de un hombre enojado contra la burguesía de la sociedad de consumo. Godard muestra dos especímenes (el ejecutivo falocrático, su descerebrada esposa) en medio de la fiebre del viernes por la noche. Un mosaico de bocetos irreales, llenos de alusiones políticas y culturales, voluntariamente escandalosos.

7.- Sympathy for the Devil (One Plus One) (1968)

Junio ​​de 1968. Tras un agitado mes de mayo en París, Jean-Luc Godard zarpa rumbo a Londres. Quiere conocer a los Beatles, incluso hacer una película con ellos. Finalmente serán los Rolling Stones... Un paciente documental sobre la génesis de la canción Sympathy for the Devil en un contexto de papilla ideológica, sin LSD pero con ácido.
(cont.)

lunes, 19 de septiembre de 2022

Jean-Luc Godard está muerto: no hizo nada para complacer, y ya lo echamos de menos (IV)

(cont.)
Hay que contar historias, pero ¿cuáles? Diseñado originalmente para Canal+, el conjunto Histoire(s) du cinéma (1988) movilizará la energía de Godard a lo largo de la década de 1990. Solo con una vasta colección de películas y un banco de montaje, rehace el siglo en voz baja, lúgubre e incurable. Intacto, su amor por el cine se revela como lo que siempre ha sido: brutal, exclusivo, absoluto. Pero bajo una luz diferente, la del crepúsculo. Todo ha terminado, dice Godard, y te hablo de un lugar que sería una tumba si las vidrieras que hice superponiendo imágenes no trajeran un poco de luz allí. Desgraciadamente para él, incluso desglosada en varios productos culturales (DVD, libros, cajas, etc.), Histoire(s) du cinéma no generará los diálogos esperados con historiadores, científicos o artistas visuales.
Una mujer casada (1964)
Ser amado, sí, pero no de cualquier manera, no por cualquiera
Presa de la necesidad de reconocimiento que el cine ya no le da, Jean-Luc Godard llama a la puerta del Collège de France, en vano. Entonces se ofreció como museo en vida: una exposición de la que serían objeto sus películas y él, director del proyecto, en el Centre Pompidou, entonces dirigida por Dominique Païni. Se produce un largo embrollo que desemboca en uno de esos distanciamientos a los que está acostumbrado Godard (uno de los más célebres y violentos le opuso a Truffaut, en los años setenta). Voyage(s) en utopie muestra en 2006 una fascinante "ruina" de una exposición con maquetas, bocetos, pinceladas de genialidad y una impresión de sabotaje que en definitiva es bastante fiel a la relación que mantiene Godard con el cine en general, y el suyo en particular. Epítetos innovadores, provocadores, incluso halagadores, nunca le han engañado sobre su lugar en un entorno que no ha decidido hacer suyo. Ser amado, sí, pero no de cualquier forma, por nadie. En nombre del arte si es posible, y no de la cultura. ¿Elitismo, requisito? Contra viento y marea, alabanza del amor, por usar el título de una hermosa película de 2001. Si las producciones de su laboratorio a orillas del lago de Ginebra tienden a espaciarse en los últimos veinte años, estas canciones de desesperación, al menos las más llamativas, todavía llevan los estigmas, y a veces la penetrante lucidez de una utopía que arroja sus últimas fuerzas contra el cáncer fatal de la melancolía: Film Socialisme (2010), Adiós al lenguaje (Adieu au langage, 2014) o El libro de imágenes (Le Livre d'image, 2018), estrenado hace cuatro años y que sin duda servirá de testamento.
Nuestra música (2004)
Cuando conocimos a Jean-Luc Godard, siempre teníamos miedo de no estar a la altura, él lo sabía, incluso le molestaba. Al volver a ver sus películas, seguimos sintiendo una emoción a veces teñida de desasosiego. Aturdido por la claridad de una imagen o la armonía de un plan, intrigado por tal disonancia, divertido por el manejo de las palabras, estimulado o irritado por un atajo. Nos encontramos allí, nos perdemos. ¿Abstracción? Ya está en los fragmentos de cuerpo de Una mujer casada (Une femme mariée: Suite de fragments d'un film tourné en 1964, 1964). ¿La frescura de un rostro? Todavía está en el recodo de Nuestra  música (Notre musique, 2004). Y Godard, ¿dónde está? Aquí, allá y en otros lugares, visible o no en la pantalla, ocupado rehaciendo el mundo a su imagen y fallando constantemente con una sonrisa cansada que enmascara una rabia tenaz. “Valorar mejor” : El lema de Samuel Beckett le sentaba como anillo al dedo. Por haber tenido el loco deseo de ser el cine por sí mismo, Jean-Luc fue castigado, condenado a inventar el suyo propio. Pocos pueden decir lo mismo. Seguiremos pronunciando en todos los tonos "es Godard". Hijos, tenía a pesar de sí mismo. Cineastas y no solo. No hizo nada para complacer, fue donde otros no iban, y así ya lo echamos de menos..

sábado, 17 de septiembre de 2022

Jean-Luc Godard está muerto: no hizo nada para complacer, y ya lo echamos de menos (III)

 (cont.)
Un pequeño científico loco, un pequeño vagabundo celestial
1971 iba a ser el año de  Todo va bien (Tout va bien, 1972), que vuelve a conectar con el cine comercial y sus cabezas de cartel (Jane Fonda e Yves Montand ). Es aquel en el que nada sale bien. Jean-Luc Godard, sujeto, como Anna Karina, a intentos de suicidio durante su tormentoso romance, esta vez al borde de la muerte en un accidente de motocicleta que lo clava a una cama de hospital durante seis meses. Luego conoció a Anne-Marie Miéville. Luego el vídeo. El primero se convertirá en pareja romántica y profesional durante mucho tiempo. Con la segunda, una técnica aún en pañales, vio la oportunidad de seguir haciendo cine con relativa autonomía. Es Sonimage, la instalación en Grenoble, luego en Rolle, a orillas del lago de Ginebra, y películas que experimentan con la imagen (la pantalla dividida de Número dos (Numéro deux, 1975 ), por ejemplo) y tratan de acercarse a la televisión -que les programa en el astuto (Francia Tour Détour Deux Enfants). Los cinéfilos más curiosos siguen a Godard en esta encrucijada, los demás esperan, o ya se han marchado, por no hablar de los que lo han tomado por un impostor desde el principio.
Jane Fonda e Yves Montand en Todo va bien (1972)
Godard siempre ha dividido a los críticos, y su "regreso" en los albores de la década de 1980 no cambió la situación. En el cartel de Salve quien pueda (la vida) (Sauve qui peut (la vie), 1980), los nombres de Jacques Dutronc, Isabelle Huppert y Nathalie Baye llaman la atención del espectador. En la pantalla, esos puntos de referencia familiares ya no son brújulas. Pronto, Godard ya no lo ocultará: actores famosos impulsan la financiación de sus películas más que su inspiración. Esto no le impide ser un famoso retratista. O convertir, con Nombre: Carmen (Prénom Carmen, 1983), la negativa de una estrella (Isabelle Adjani) en la revelación de una principiante (Maruschka Detmers). Sacar de las pinturas vivas de Pasión (Passion, 1982), el rostro que revive el suyo – el de Myriem Roussel. Alejándose de la narrativa que se ha convertido en una marca registrada, las películas de Godard reconectan con el mundo del cine, los festivales, el escándalo (Yo te saludo, María (Je vous salue, Marie, 1984), odiado por los fundamentalistas) e incluso un cierto éxito. Sobre todo, el propio Godard, dando su persona en los medios  de comunicación, construye o ayuda a construir un personaje, una leyenda viva: un pequeño científico loco, un pequeño vagabundo celestial. La televisión, que odia, lo ama. Ahora se acepta que el cine según Jean-Luc no es el de todos, y que la Nueva Ola es sólo un recuerdo.
Pasión (1982)
Para recalcar el punto, Godard cierra una década productiva filmando Nueva ola (Nouvelle Vague, 1990), con Alain Delon en un doble papel. El lago donde sumerge la estrella es ahora su escenario permanente. “L'ermite de Rolle” sigue colaborando con Anne-Marie Miéville pero, cansado de librar una guerra desigual contra la industria, tiende hacia una soledad artesanal que se uniría a su aislamiento como creador. Se necesitan dos para hacer películas, pero ¿quién da más? 
(cont.)

viernes, 16 de septiembre de 2022

Jean-Luc Godard está muerto: no hizo nada para complacer, y ya lo echamos de menos (II)

(cont.)
Se necesitan dos para hacer películas. Esta máxima es un leitmotiv para Jean-Luc Godard. Ser un equipo, sentirse menos solo. ¿O mejor solo? De Al final de la escapada, está Raoul Coutard, instalado por un momento detrás de la cámara. Para El soldadito (Le petit soldat, 1963), el director pone un anuncio: se solicita una actriz, y afines. Es Ana Karina, pasó a ser musa y modelo, siete años y otras tantas películas. Evocando oblicuamente al FLN y la tortura en Argelia, Godard comienza a mostrar su gusto por los temas que incomodan y pone a todos de espaldas, incluida la censura: privados de estreno. Para la Nueva Ola, ya es la hora del reflujo. Su genio alborotador prosigue luego, a un ritmo capaz de hacer girar la cabeza de la crítica y el público por igual, ejercicios por todo lo alto (Una mujer es una mujer (Une femme est une femme, 1961), falso musical alegre y colorista, Los carabineros (Les carabiniers, 1963), fábula y farsa antibélica, Lemmy contra Alphaville (Alphaville, 1965), meditación futurista y oscura) y ensayos de observación sociológica Vivir su vida (Vivre sa vie, 1962) prostitución; Masculino femenino (Masculin féminin, 1966), la juventud; Dos o tres cosas que yo sé de ella (2 ou 3 choses que je sais d'elle, 1967) los suburbios.
Jean-Luc Godard y Ana Karina: el director y su musa
Una imagen gris y borrosa
De este período, antes de mayo de 1968, las dos películas estrella son El desprecio (Le Mépris, 1963) y Pierrot el loco (Pierrot le Fou, 1965). En 1963, Beauregard y Carlo Ponti ofrecen a Godard el lujo de una fantasía: coproducción franco-italiana, Cinecittà, Roma, Capri, estrellas. Quería a Sinatra y Kim Novak, tendrá a Piccoli y Brigitte Bardot, a quien se permite llevar una peluca negra en una larguísima escena doméstica rodada en plano secuencia, de esas que marcan de por vida. El desprecio, apoyado por el autor al que adapta, Alberto Moravia, fuerte en la presencia tutelar de Fritz Lang y aumentado in extremis por un desnudo bajo la presión de los productores, no tiene el éxito esperado. Más tarde sería aclamado universalmente, incluso por los críticos de Godard. Quizás porque se acerca más a una “gran película de éxito”, desplegando medios de seducción (sex-appeal de BB, música elegíaca de Georges Delerue, luz mediterránea) que escapan a su autor. Este “Godard” es un “Bardot”, como Pierrot el loco y Al final de la escapada, “Belmondos”. Tres películas ancladas en el imaginario colectivo, probablemente menos por su atrevimiento formal que por los rostros que les dan carne, incluso pintados de azul, como la tendencia Bébel (Belmondo), sin trabajo, turbante de explosivos, al final de Pierrot.
Jean-Luc Godard y Jean-Paul Belmondo durante el rodaje de Pierrot el loco (1965)
A Godard le estallan imágenes como si acabáramos de inventar el color, quedan las palabras, tan ligeras como estribillos: "¿Qué puedo hacer... no sé qué hacer...", "Y mis nalgas... te gusta mi culo? “, “No soy infame, soy mujer”, “¿Qué es, asqueroso?"… Salen de la boca de una mujer joven. Amada, a veces, deseada, o no. Aunque Godard la rodea de chicos, es a su propia pareja a la que nunca deja de buscar con ardor obsesivo. Otra figura habitual es la del intelectual discursivo. Escritor ficticio (Parvulesco), cineasta apenas disfrazado (Fritz Lang), filósofo (Roger Leenhardt), luego incluso filósofo (Brice Parain)… El pensador tiene su espacio en cada película de Godard, que sin embargo se preocupa más por la neutralidad científica (¿Suiza?) que la opinión política. Sus amistades de derecha e izquierda, sus elusiones y piruetas de "dandy" le dieron a este mal hijo que siguió siendo burgués una imagen gris y borrosa. Cuando el camarada Jean-Luc apunta su cámara en la Universidad de Nanterre a los estudiantes maoístas, está en los ojos de algunos bastante sospechosos.
Anne Wiazemsky y Jean-Pierre Léaud en La chinoise (1967)
¿De quién es Godard derretido en la época de La Chinoise (1967)? ¿Anne Wiazemsky, nueva musa, estudiante de filosofía y nieta de François Mauriac? ¿O el presidente Mao, cuyo libro rojo está en toda la pantalla, citado, leído, decorando los estantes blancos? Ambos, de manera diferente. Ideas vagas, imágenes claras: el programa está escrito en la pared al comienzo de la película "en proceso". El siguiente, Week-end (1967), carga contra la sociedad de consumo simbolizada por el automóvil: carnicería de chapa, con Jean Yanne y Mireille Darc. Y después ? Jean-Luc ya no quiere ser Godard. Por allí pasó Mayo del 68, del que acompaña la procesión a su manera con los Ciné-tracts. Y le estorba su notoriedad, nacida de malentendidos más o menos aceptados. Mirado de reojo por la gente seria de la revolución, burlado por los situacionistas, "el más estúpido de los suizos pro-chinos" crea su propia celulaa. Durante cuatro años, el grupo Dziga Vertov (llamado así por un pionero del cine ruso) se reduce a Jean-Pierre Gorin, un periodista convertido en alter ego, y un Godard que lucha por hacerse un sitio. A partir de este exilio marginal, desarrolla una manía por identificarse con las minorías oprimidas, los indios americanos o los palestinos, una imagen justa, a veces acompañada de una retórica dudosa. En cuanto a las películas del “grupo”, es un eufemismo decir que no encuentran a su público: difícilmente van a buscarlo.
Week-end (1967)
(cont.)

jueves, 15 de septiembre de 2022

Jean-Luc Godard está muerto: no hizo nada para complacer, y ya lo echamos de menos (I)

Jean-Luc Godard en París de 1998
El director, guionista y dialoguista Jean-Luc Godard nos dejó el martes 13 de septiembre de 2022, a la edad de 91 años. Establecido en Suiza, recurrió al suicidio asistido. Jean-Luc Godard deja tras de sí una importante obra cinematográfica y una huella indeleble en el mundo del cine.
“Conviértete en inmortal y muere. ¿Era este un objetivo en la vida de Jean-Luc Godard, a los 29 años? Pone estas palabras en boca del escritor Parvulesco, interpretado por Jean-Pierre Melville, respondiendo a una joven periodista que le pregunta cuál es su "mayor ambición". La chica tiene el pelo corto y acento de Jean Seberg, estamos en medio de Al final de la escapada, también conocida como Sin aliento (Á bout de souffle, 1960). Divertido título para una ópera prima, ya llena de comillas (la célebre frase no es suya), ya obsesionada por la idea de la muerte y la pareja imposible. No hay amor feliz en las películas de Godard, ni nada vivo que no esté en peligro de desaparecer tan pronto como se ve, apenas se experimenta. Pero si Al final de la escapada tal efecto produjo cuando se estrenó en marzo de 1960, golondrina que anunciaba la primavera de la Nueva Ola, donde Los 400 golpes (Les quatre cents coups, 1959), de su amigo François Truffaut fue el pájaro de buen augurio, si este primer intento sigue siendo hoy uno de los que nos asocia espontáneamente con su autor, una energía vital corre por allí, sin aliento.
Cuando estaba rodando, a finales del verano de 1959, con los medios de que disponía, Jean-Luc Godard no se sentía en absoluto como un joven cineasta. "Pasé cinco años escribiendo críticas y dirigiendo cuatro cortometrajes", explicó más tarde a un reportero estadounidense. Yo era bastante viejo." Todo es relativo. Proveniente de una familia burguesa y culta, franco-suiza, padre médico, madre de la línea Monod (rica en maestros, pastores, banqueros), el joven ciertamente leyó y aprendió mucho, más en casa quizás que en estudios que lo dirigían, sin convicción. hasta la facultad de etnología. Su encuentro con el cine fue, sin embargo, tardío: tenía casi 20 años cuando este arte, aún considerado menor, al menos entre los Godard, se le reveló bajo la forma de Henri Langlois. Este simpático dragón anima la Cinémathèque de París, una cueva del tesoro donde los jóvenes entusiastas acuden a atiborrarse de carretes importados de América después de la guerra. Langlois, "cineasta sin películas", seguirá siendo una figura venerada hasta el final.
De crítico de cine a “Al final de la escapada
Jean-Luc Godard en 1971
¿Es el poso de su educación protestante? Jean-Luc confiere al rito pagano una dimensión religiosa, moral en todo caso. Su pasión por el cine es brutal, exclusiva y absoluta. Amar el “cine” significa ante todo criticar las películas, ya sean de Alfred Hitchcock o de Frank Tashlin, de Roberto Rossellini o de Norbert Carbonnaux. Este ejercicio, el joven Godard lo practicó brillantemente en varias revistas, entre ellas Arts y Cahiers du cinema, fundada por André Bazin. Luego se emancipó de una familia de intelectuales (el abuelo Monod era amigo de Paul Valéry), donde alimentó su reputación de oveja negra. Pero el pequeño ladrón, que muerde a diestra y siniestra (¡y cómo muerde!), también es heredero de la tradición. Entre sus compañeros cinéfilos que se han convertido en los directores de la Nueva Ola, Godard es el que menos obsesión ha tenido por la ambición literaria, tanto que sus películas han sabido dejar espacio a las palabras. Tomadas a diario, tomadas de sus lecturas, las palabras son para él sonidos, como los ruidos y la música. Tan importante como las imágenes.
De Al final de la escapada, se ha dicho una y otra vez, que fue una revolución en 1960. Es también una lámina increíble, que multiplica por diez una apuesta modesta y supera la expectativa hábilmente mantenida por Godard y su productor, Georges de Beauregard. Objeto extraño que esta primera película de un joven-viejo principiante cuyo personaje es esbozado: traje estricto, apariencia seca y gafas de sol. Homenaje a los thrillers americanos de la serie B, vistazo a las calles de París, sus habitaciones desnudas, retrato de los dos jóvenes actores que van de uno al otro. Están llenos de vida, Jean Seberg y Jean-Paul Belmondo, tan deslumbrantes de frescura como "cansados" están sus personajes, destinados a un desenlace fatal. Para mantener el abundante metraje recogido en unas pocas semanas en una duración estándar, Godard tiene que cortar aquí y allá: las libertades que se permite con la edición nacen de la restricción, y su olvido (temporal) del clasicismo tiene todo el aire de la modernidad. Dando un paso atrás, el iconoclasta dirá que quería hacer su Scarface para terminar con una versión de Alicia en el País de las Maravillas.
(cont.)

miércoles, 14 de julio de 2021

Las 21 mejores películas del siglo XXI (II)

(cont.)

14.- En la playa sola de noche (Bamui haebyun-eoseo honja, 2017), de Hong Sang-soo

Conectar con En la playa sola de noche es compartir con su protagonista el extraño placer de lamernos las heridas, volver una y otra vez sobre el recuerdo doloroso. Quizá porque, al hacerlo chocar de nuevo en el rompeolas de nuestra memoria, alcancemos a darle una fugaz ilusión de repetición. Por eso, sentarse ante el mar nocturno a ver romper las olas y evocar al amor desaparecido forman parte de un mismo proceso por el cual nos empeñamos en arrancar conatos de repetición de la implacable fluidez lineal del tiempo. En esta misma lógica encontramos el magnetismo que el cine de Hong ha ido encontrando base contar las mismas cosas una y otra vez. Convivir con el pasado irrepetible a base de no dejar de repetirlo, de madurar su ausencia madurando esa repetición, que siempre vuelve a lo mismo pero siempre de otra manera.

13.- Melancolía (Melancholia, 2011), de Lars von Trier

La anatomía de la imagen de la mejor película de Lars von Trier de este siglo se caracteriza por un rigor de vocación pictórica que se extrapola tanto a la narrativa como a los personajes sobre los que se articula. Una puesta en cuadro donde cada elemento está estudiado y medido, al igual que lo están cada uno de los gestos de los habitantes de un mundo al borde de la extinción. Sus miradas pétreas, sin embargo, dejan espacio para la tensión, para la emoción, para aquellas sensaciones primarias devenidas asideros ante el dolor irremisible. En una de las escenas icono de la película, Justine (Kirsten Dunst) flota desnuda en un lago abandonado, rememorando el trabajo más célebre de John Everett Millais, Ophelia (1852). Dicho lienzo exalta la pasividad de una generación de jóvenes entregados al destino más cruel: la adultez. El cineasta danés va más allá y nos habla de la condición humana como única razón para no mirar atrás y dar este mundo por perdido.

12.- Drive (2011), de Nicolas Winding Refn

La prosa fragmentada del infravalorado James Sallis, habitante inusual del noir literario en las dos últimas décadas, encontró un idilio inesperado con otro cuerpo extraño de la cinematografía contemporánea: Nicolas Winding Refn. Sin renunciar a la esencia de la novela original, el cineasta danés cimenta este ya clásico del género en un particular uso de la violencia —que podríamos encuadrarla dentro de ese concepto de «brutalidad pop» que iniciaron autores como Quentin Tarantino— que contrasta, por otro lado, con una mirada romántica y melancólica que baña gran parte del metraje. En este particular retrato del descenso de Orfeo hacia el inframundo con la intención de rescatar a Eurídice y su vástago, liberado de toda épica, y ubicado en los intersticios de la mundanidad, se reformula el basamento del género, creando una sintonía propia. Las miradas entre Driver —un sensacional Ryan Gosling— e Irene (Carey Mulligan), transmiten un magnetismo que hace suyo la propuesta de un realizador único, firmante de un conjunto de escenas que conquista nuestra retina y perdura en nuestra memoria —como los estribillos de las canciones que las acompañan.

11.- Call Me by Your Name (2017), de Luca Guadagnino

Guadagnino propone un complejo nivel de estratos temporales y referenciales, sugerente por su vaguedad. Son capas que sin necesidad de ser explotadas con fines narrativos (o quizá precisamente por eso) encajan con naturalidad en el cuadro. También crea un espacio definido por la erudición de sus habitantes, sumada a una llamativa pluralidad sociocultural. Lo llamativo es que, con la ubicación en la casa vacacional y la época veraniega, intelectualismo y ocio quedan asociados de forma muy clara. La película hace con ello una defensa de la erudición como otro placer más de la vida, equiparable al descubrimiento de la sexualidad y el primer amor que mueve su relato principal. Guadagnino parece incluso personificarse en el padre de Elio, que remata toda esta composición con un pequeño y hermosísimo alegato final a favor del disfrute.

10.- El señor de los anillos: El retorno del rey (The Lord of the Rings: The Return of the King, 2003), de Peter Jackson

Traicionando la letra, pero sin duda manteniéndose fiel a su espíritu, Peter Jackson convirtió en trilogía cinematográfica la saga de El Señor de los Anillos (1954-1955) de J. R. R. Tolkien. En su cierre, El retorno del rey, el relato alcanza toda la emoción requerida para una obra envuelta en la bruma de lo mítico. El Bien derrota al Mal en su enfrentamiento definitivo: los Rohirrim cargando contra el ejército orco recortándose en un cielo iluminado de manera antinatural, la luz del prodigio; la dama Éowyn alzándose espada en mano contra el Señor de los Nazgûl en lucha a muerte; o Frodo y Sam, rodeados por la lava del Monte del Destino, esperando el fin recordando en su último aliento el añorado hogar. Todo abraza las cumbres de la épica, desde lo más pequeño a lo más grande, y sus imágenes serán ya inseparables de una historia que desde su primera lectura nos dejó marcados para siempre.

9.- El cuento de la princesa Kaguya (Kaguya-hime no Monogatari, 2013), de Isao Takahata

Lo apuntaba Mirito Torreiro: a través del uso audaz del vacío (ma), en El cuento de la princesa Kaguya, todo lo presente parece perderse en lo indefinido de la tradición oral japonesa. Los límites del plano se disuelven en la nada y, con ello, devienen eminentemente anacrónicos. La impenetrabilidad de la película-pergamino de Takahata podría ser un enclave de resistencia último a la imagen como mundo navegable del realismo inmersivo de Pixar. Sin embargo, descubrimos en su diferencia un gesto plenamente contemporáneo: la abolición radical de la mise en scène como código de lectura, una invitación a refinar nuestra vista.

8.- Elogio del amor (Éloge de l'amour, 2001), de Jean-Luc Godard

El amor está por reinventar, ya se sabe (Arthur Rimbaud). Una película de Godard no es sólo una película, no tiene una única dirección ni un único tema, ni, mucho menos, una única forma. En Elogio del amor, Godard pasa de una forma bressoniana al reflejar las tres edades del amor, en un austero blanco y negro que acompaña a sus actores estáticos, a una forma godardiana con el color saturado y adulterado del video de apariencia casera para hacer un recorrido por la memoria, la del cine y la de Europa. Sus dardos dirigidos a los EE. UU. no vacilarán al hacer mencionar a sus personajes que «como no tienen historia, quieren comprarla». El Holocausto no puede ser una excusa nunca en el cine de Godard, está en su código genético, como la idea de que en Spielberg se encuentra la representación de lo peor que supone Hollywood. Con Elogio del amor Godard vuelve a París, continúa su evolución y su experimentación, su inagotable capacidad de evolucionar, y hasta ahora.
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lunes, 26 de abril de 2021

Lemmy Caution: el espía que hacía sombra al OSS 117 (III)

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Finalizada la saga, Eddie Constantine volvió a dar vida al personaje realizando varios cameos en películas no relacionadas con la franquicia como la comedia musical alemana Panische Zeiten (1980) de Peter Fratzscher y Udo Lindenberg; la comedia alemana Tiger - Frühling in Wien (1984) de Peter Patzak; y el drama noruego Makaroni Blues (1986) de Bela Csepcsanyi y Fred Sassebo. También intervino como actor invitado en dos episodios de la serie policíaca austriaca Kottan ermittelt, los cuales fueron emitidos en 1983. 
En 1989 retomó al personaje de un modo crepuscular en el telefiln francés Le retour de Lemmy Caution (1989), dirigido por Joseé Dayan y escrito por Phillipe Setbon. En esta ocasión los actores secundarios fueron Corinne Touzet, Thierry Redler, Philippe Polet, Richard Fontana, Jean-François Dérec, Roger Dumas, André Pousse y Alexandra Stewart.
En 1991 el actor se despidió del personaje con el telefilm franco-alemán Alemania año 90 nueve cero (Allemagne 90 neuf zéro), donde volvió a ser dirigido por Jean-Luc Godard (también guionista de la misma).  La televisión francesa encargó al realizador que rodara una historia a cerca de la soledad, y el resultado fue esta nueva entrega de Lemmy Caution, donde las referencias filosóficas son aplicadas a la Alemania tras la caída del muro de Berlín. En papeles secundarios encontramos a Hanns Zischler, Claudia Michelsen, Nathalie Kadem, André S. Labarthe, Robert Wittmers, Kim Kashkashian y Anton Mossine. Eddie Constantine falleció dos años después de estrenarse esta película, concretamente el 25 de febrero de 1993 en Alemania, a la edad de 79 años. 

domingo, 25 de abril de 2021

Lemmy Caution: el espía que hacía sombra al OSS 117 (II)

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- Agente federal en Roma (Vous pigez? 1955), dirigida por Pierre Chevalier y escrita por Victor Trivas, Jacques Doniol-Valcroze, Louis Martin y Claude Desailly. En esta cuarta entrega, Lemmy Caution se traslada a Roma para rescatar a un agente federal que ha sido secuestrado después de que se hiciese pasar por un científico. El reparto secundario se completó con Maria Frau, François Perrot, René-Jean Chauffard, Roger Hanin, René Clermont, Furio Meniconi, Luisa Rivelli, Nadine Tallier, Irène Tunc y Florence Landon. 
El FBI y... las damas (Comment qu'elle est!, 1960), dirigida por Bernard Borderie, el cual también fue coguionista junto a Marc-Gilbert Sauvajon. Esta quinta entrega es una adaptación de Yo le diré qué hace. Lemmy Caution viaja a Francia para detener a un peligroso espía. En su reparto también figuraron Françoise Brion, Alfred Adam, Renaud Mary, Robert Berri, Nicolas Vogel, Françoise Prévost, André Luguet, Fabienne Dali y Jacques Seiler.
- Lemmy y las espías (Lemmy pour les dames, 1962), dirigida por Bernard Borderie, que al igual que en la anterior, coescribió el guion junto a Marc-Gilbert Sauvajon. Una mujer es asesinada mientras el agente Lemmy Caution disfruta de unas vacaciones. Durante la investigación descubrirá que la víctima y otras cuatro esposas de altos cargos del gobierno han sido chantajeadas por espías de la Europa del Este para obtener información sobre los servicios de inteligencia. La sexta película de Eddie Constantine en el papel de Lemmy Caution, personaje de novela creado por Peter Cheney y que se convertiría en el más emblemático de la carrera de este actor americano afincado en Francia. Fue también la tercera dirigida por Bernard Borderie, cineasta que fue quien le ofreció el papel a Constantine en el primer título de la serie: La Môme vert-de-gris.
- FBI frente a Scotland Yard (À toi de faire... mignonne, 1963), dirigida por Bernard Borderie, que fue la última vez que estuvo al frente de una película de la saga, al tiempo que lo coescribió junto a Marc-Gilbert Sauvajon. El agente del FBI Lenny Caution recibe la misión de viajar a Europa para atrapar a una banda de criminales que ha secuestrado a un científico americano. Los bandidos pretenden que el profesor descubra todos los secretos nucleares que conoce. La séptima película de Eddie Constantine en el papel de Lemmy Caution, personaje de novela creado por Peter Cheney y que se convertiría en el más emblemático de la carrera de este actor americano afincado en Francia. Completaron el reparto Gaia Germani, Christiane Minazzoli, Elga Andersen, Philippe Lemaire, Noël Roquevert, Guy Delorme, Henri Cogan, Hubert Deschamps, Robert Berri, Colin Drake y Jacques Hilling.
- Alphaville (Lemmy contra Alphaville (Alphaville, une étrange aventure de Lemmy Caution, 1965), para esta octava (y última) y más recordada entrega de la saga, el director y guionista Jean-Luc Godard decidió utilizar a este personaje icónico del cine negro para introducirlo en atípico un thriller de ciencia-ficción y ajeno a las novelas, que además es todo un antecedente de Blade Runner (1982) de Ridley Scott. Después de que los agentes Dick Tracy y Flash Gordon murieran sin completar la misión, Lemmy Caution, agente secreto de los Países Exteriores, se traslada a Alphaville para detener los temibles planes del Profesor Leonard Nosferatu (Howard Vernon), un científico que se oculta bajo el nombre de Von Braun. La amenaza reside en que éste ha creado un ordenador denominado Alpha 60, encargado de controlar a sus habitantes de una forma tan dictatorial que los ha convertido en autómatas. En esta ciudad futurista, nuestro protagonista se hace pasar por Ivan Johnson, un reportero del diario Figaro Pravda, e intenta buscar a un agente desaparecido llamado Henry Dickson (Akim Tamiroff). Por otro lado, también termina enamorándose de la bella y fría Natacha Von Braun (Anna Karina), hija del villano. La película, pese a la dirección y planificación tan personal y fría de su realizador, es una obra maestra del género fantástico europeo a reivindicar, y destaca por su atípica mezcla de géneros, donde no faltan los monólogos detectivescos de su protagonista al más puro estilo del cine negro, o las referencias al mundo de cómic y a la novela 1984 de George Orwell. También es meritoria su capacidad para desarrollar un ambiente futurista con escasas herramientas, como la fotografía o el uso escenográfico de espacios como naves industriales.    
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domingo, 14 de febrero de 2021

Las mejores películas de culto de la historia del cine (CVI)

Pierrot el loco (Pierrot le fou, 1965), de Jean-Luc Godard

Ferdinand Griffon es un profesor de Lengua Española casado con una italiana. Ha sido recientemente despedido de la televisión en la que trabajaba. Su mujer le fuerza a ir a una fiesta en la casa del padre de ella, el cual es empresario y quiere presentar a Ferdinand a un importante empleado. El hermano de ella deja a la cuidadora Marianne Renoir al cuidado de sus hijos. Ferdinand se siente aburrido en esa fiesta burguesa, la cual se presenta como una especie de sucesión continua de anuncios de diferentes productos, pero los protagonistas son los hablantes de las diferentes conversaciones entre la gente de la fiesta. Por lo tanto, Ferdinand roba el coche de su cuñado y vuelve a casa. Allí encuentra a Marianne, quien había sido su amante cinco años atrás e insiste en llamarlo Pierrot. Él le ofrece llevarla a casa; sin embargo, él pasa toda la noche con ella y descubre que está involucrada en el tráfico de armas. Marianne es perseguida por unos revolucionarios argelinos, entonces deciden viajar a la playa sin dinero, dejando París y su familia atrás en un loco viaje a ningún lado. 
Durante sus aventuras, la pareja comete crímenes mientras intercambian ideas sobre la vida, el amor y las personas. Ferdinand es un aficionado a la lectura y mantiene un diario, tomas de las páginas de este van apareciendo intermitentemente durante la película. Luego de descubrir que Marianne en realidad lo estaba engañando con otro hombre, los persigue y les da muerte con un revólver para proceder a suicidarse amarrándose cintas de dinamita alrededor de la cabeza. Un último intercambio de palabras entre la pareja protagonista se escucha mientras la cámara enfoca el mar y el cielo. Jean-Luc Godard utilizó una persecución como telón de fondo para hablar de las emociones. 

domingo, 17 de enero de 2021

Las mejores películas de culto de la historia del cine (XCII)

Vivir su vida (Vivre sa vie: Film en douze tableaux, 1962), de Jean-Luc Godard

Nana (Anna Karina) es una joven veinteañera de provincias que abandona a su marido y a su hijo para intentar iniciar una carrera como actriz en París. Sin dinero, para financiar su nueva vida comienza a trabajar en una tienda de discos en la que no gana mucho dinero. Al no poder pagar el alquiler, su casera la echa de casa, motivo por el que Nana decide ejercer la prostitución. 
Premio Especial del Jurado y Premio de la crítica Pasinetti en el Festival de Cine de Venecia. Con la interpretación como tema y la vida como referencia, Jean-Luc Godard y su mujer en aquel entonces, Anna Karina, se embarcan en una cascada de sentimientos para construir este drama premeditadamente documental que hace un retrato de doce viñetas de una prostituta parisiense enamorada del cine. Lejos de frivolizar ni rodear de glamur la profesión, Godard hace un análisis de esta desde una vertiente sociológica y, para escribir el guión, el reconocido director se basó en un estudio reputado de Marcel Sacotte sobre la prostitución contemporánea. El resultado fue esta cinta poética, cuya belleza se debe también al director de fotografía Raoul Coutard, un artesano que ya había colaborado con Godard numerosas veces, como por ejemplo en Una mujer es una mujer, La chinnoise o Lemmy contra Alphaville, entre otras.

martes, 8 de diciembre de 2020

Jean-Luc Godard cumple 90 años: cinco películas imprescindibles para descubrir su cine

El cineasta celebró el pasado jueves, 3 de diciembre de 2020, su 90 cumpleaños. Esta es la oportunidad de volver a ver sus películas, por supuesto, pero sobre todo de (hacerlas) descubrir. Desde la explosión original, Al final de la escapada (1960), hasta su monumental Histoire (s) du cinema (1989), he aquí cinco obras imprescindibles para comprender su universo y su filmografía.

Al final de la escapada (A bout de souffle, 1960)

Un año antes, Los cuatro cientos golpes (Les Quatre Cents Coups, 1959), de Truffaut, había iniciado el movimiento. Sin embargo, es más bien con Al final de la escapada donde la Nouvelle vague inicia su andadura. Al mismo tiempo, ambicioso y casual, ligero y provocativo, tierno y listo para la lucha. Como la imagen de Michel Poiccard (Belmondo, que inventa la informalidad), un sociópata irresponsable que roba un coche, mata a un motociclista, busca en París a un tipo que le debe dinero, mea en el fregadero. Y, sobre todo, conoce a una joven y bella estadounidense (Jean Seberg, pelo corto, elegante, moderna para siempre) en los Campos Elíseos, donde vende el New York Herald Tribune. Hemos (casi) olvidado cómo este thriller sentimental, pastiche y homenaje a la serie B hecha en Hollywood, trastocó totalmente el orden y la sintaxis del cine. Rodaje a todo trapo en entornos naturales, montaje con muchas conexiones falsas, banda sonora y citas libres (incluida la de William Faulkner: "Entre el dolor y la nada, elijo el dolor" ), nunca habíamos visto eso. Lo mismo ocurre con las escenas de alcoba. Tras su estreno, la película fue prohibida para menores de 18 años.

El desprecio (Le mépris, 1963)

Basada en la novela homónima de Alberto Moravia. Para Bardot, diosa soberana, resplandeciente de amor porque está en el mismo nivel en la vida. Para Piccoli, como guionista encargado de adaptar La Odisea, que se hace demasiadas preguntas y que cae, atrapado por sus cálculos y su cobardía. Por "el mar se fue con el sol", por Capri y la Villa Malaparte. Para mitos griegos y modernos (desde Fritz Lang hasta el Alfa Romeo rojo). Por sus créditos, donde vemos a Raoul Coutardque supervisando la imagen detrás de la cámara. Por la música encantadora de Georges Delerue. Por todo esto y por muchas otras cosas, debes haber visto, al menos una vez en tu vida, este "clásico" de Godard, su película más accesible y, como tal, considerada ampliamente como su obra maestra. obra de arte. El líder de la Nueva Ola luego silenció a todos aquellos que lo creían incapaz de tal armonía. Para que conste, la famosa escena de apertura, modelo de lánguida voluptuosidad (donde Bardot pregunta: "¿Las encuentras bonitas, mis nalgas? Y mis pechos, ¿te gustan, mis pechos?"), No estaba prevista para salida. Fue bajo la presión de los productores, el italiano Carlo Ponti y el estadounidense Joe Levine, que Godard lo filmó. Invirtiendo así la afrenta con insolente victoria.

Pierrot el loco (Pierrot le Fou, 1965)

Basada en la novela de Lionel White. Un padre de familia de clase media y la niñera de sus hijos dejan todo y se van al sur. Amor loco, increíble y engreído. La forma tiene hambre, es una bulimia prometeica de arte y signos. Cómic, novela americana, serie negra, sinfonía, twist, cancionero, pintura española, pop art, lettering, publicidad: cincuenta años después de Picabia y veinte años antes del sampling, Godard practica la acumulación, el cortocircuito, el reciclaje. Todavía está loco por las caderas de Anna, está en el columpio, pide prestado, da mucho. Technicolor, la Riviera francesa, acción, amor, odio, ¿quieres más? Aquí está. Pierrot el loco es el más romántico y la más romántica de sus películas. O quien más quiera ser. Entre elogios y fracturas, entusiasmo y burla, Godard equilibra, pero es el lirismo, la melancolía, lo que gana. Porque el arte sirve para fascinar el desierto de la vida, Ferdinand y Marianne se imaginan a sí mismos como personajes - ella persiste en llamarlo Pierrot -, juegan a amarse, a amarse de verdad, a aburrirse, a perderse. ver y encontrarse, por desgracia, demasiado tarde. El aullido de desesperación de Belmondo duele. Tan malo como, en la vida real, el distanciamiento de Karina, que se ha separado de su pigmalión.

Salve quien pueda, la vida (Sauve qui peut (la vie), 1979)

Después de diez años de ruptura, Godard se reconcilia con la ficción y encuentra un segundo inspiración. A su regreso del izquierdismo, del grupo Dziga Vertov (época en la que se desvaneció detrás de un colectivo), películas militantes con los palestinos, vídeo en su laboratorio de Grenoble, regresó a su país natal, Suiza. Para filmar paisajes, una pareja que se ama y se enfrenta, arte y dinero, prostitución real y simbólica, sumisión o no a las cadenas del deseo y el lucro. A través de la melancolía, la ira y el miedo de Jacques Dutronc (inolvidable), Godard respira sus tormentos, sus elecciones imposibles. Isabelle Huppert (con quien se que se encontrará de nuevo en Passion (1982)) interpreta allí a una prostituta que intenta mantenerse digna a pesar de las atrocidades que sufre. Nathalie Baye (que estará en Detective (Détective, 1986)), simboliza la emancipación, en particular a través de una sublime secuencia de fuga en bicicleta, rompiendo sus movimientos. Sobre un fondo verde de esperanza.

Histoire(s) du cinéma (1988-1998)

Miniserie televisiva documental. Se acabó el rodaje, adiós al equipo. Esta vez, el demiurgo se encierra, solo, en una tumba que tarda diez años en erigir. Un monumento de celebración del cine, en ocho episodios, de duración variable (entre 51 y 26 minutos). Un viaje también por el siglo XX, especialmente sus guerras. Más que nunca, Godard convierte el montaje en un collage artístico, siendo al mismo tiempo arqueólogo, escultor, arquitecto y D.J. Aquí chocan extractos fetichizados de películas, pero también de pinturas, música, textos. Hitchcock, Manet, Hawks, Mankiewicz, Welles, el neorrealismo, la nueva ola, actrices (Lillian Gish, Bardot), críticos (André Bazin, Serge Daney), estadistas (César, Napoleón, Hitler) se cruzan. Es una vertiginosa historia del cine, formada por relatos y contrahistorias, asociaciones, intuiciones, visiones, conexiones deslumbrantes, a veces cuestionables, siempre estimulantes. A través de este réquiem visual y sonoro, Godard también habla de sí mismo, hablando de sí mismo en tiempo pasado."Yo era ese hombre" es la última frase del testamento que queda.