domingo, 27 de enero de 2019

El rincón del cinéfilo: Inglourious Basterds

Malditos bastardos: los treces minutos que convirtieron a Christoph Waltz en una estrella

Hace diez años, el actor austríaco Christoph Waltz marcó a los espíritus en un papel de oficial nazi refinado y sádico. La séptima película de Quentin Tarantino, que abrió las puertas de Hollywood.
La escena de apertura de Malditos bastardos (Inglourious Basterds, 2009). Exterior, de día. Un hombre corta madera en el prado de una granja aislada. Su hija está colgando ropa al lado de las vacas, que están pastando pacíficamente. De repente, un ruido de motor. Se acercan dos motos y un coche. Estos son vehículos SS: estamos en 1941, en la Francia ocupada.
Interior, de día. Con su macabro uniforme negro y su  escalofriante sonrisa, el oficial nazi Hans Landa, el Standartenführer, se dirige al granjero. Lentamente entra en la casa de la familia para encontrarse en la cocina, frente a sus tres hijas, mudas, aterrorizadas. Frente a un vaso de leche, que el coronel bebe de una sola vez, la conversación comienza con el campesino, primero en francés y luego en inglés.
Trece minutos de virtuoso diálogo, se inicia en ese momento. Christoph Waltz encarna a este sádico políglota, con una amabilidad terrorífica, con una sonrisa carnívora al final de cada pregunta, para mostrar un rostro duro, una mirada oscura: "¿Está Vd, al corriente de mi misión en Francia?" articula, juraríamos, con deleite. "¿Conoce el ápodo que me han puesto los franceses?" continua viciosamente. Frente a él, el campesino, interpretado por Denis Ménochet, enmascara su terror al mirar al "cazador de judíos" con sus ojos azul brumoso, tragando sus lágrimas y su miedo mientras trata de esbozar algunas sonrisas.
Pero la precisión de cada uno de los gestos del dignatario nazi le petrifican un poco más: la apertura de su maletín de cuero, en el mórbido y sofocante silencio de la cocina, donde solo resuena el tictac del reloj, la instalación del tintero y carpeta sobre la mesa de madera, la meticulosa iluminación de su pipa... El coronel está buscando a una familia judía desaparecida. A través de la fuerza del uso preciso y meticuloso de cada una de sus palabras, el uso de odiosas metáforas de animales alrededor de ardillas y ratas, una actitud corporal, a su vez relajada y ofensiva, las SS pretenden lograr ejecución de su misión fatal.
El austríaco Christoph Waltz, hasta entonces desconocido para el gran público, fue elegido por Quentín Tarantino después de haber descartado a Tim Roth. El director de Malditos bastardos quería contratar a un actor de habla alemán. Una elección de una gran importancia, pues el actor, en la cima de su arte, hace de Hans Landa un enorme villano del cine, que marcará duramente a los espectadores. Por este papel, obtuvo el Premio de interpretación del Festival de Cannes, el premio al mejor actor de reparto del Sindicato de Actores, el Globo de Oro y, posteriormente, el Oscar al mejor actor de reparto. Y ve como se le abren las puertas de Hollywood...

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