sábado, 12 de agosto de 2017

El imperio de los sentidos de Nagisa Oshima

Deseo femenino, antimilitarismo, relaciones sexuales no simuladas, erotismo engrandecido...
El imperio de los sentidos (Ai no korîda, 1976), que se reestrena en algunos países europeos en una nueva versión restaurada, ¿huele todavía a azufre, cuarenta y dos años después de su filmación semiclandestina en Japón? Para responder hay que remontarse a la génesis de la película más famosa de Nagisa Oshima.
En 1974, el productor Anatole Dauman dio (casi) carta blanca al cineasta japonés. Con una condición: realizar una película de género. Oshima, uno de los directores más polítizado y de los más provocadores de la década de 1960, está decepcionado por la actuación de los movimientos de extrema izquierda pero no renuncia a convulsionar a la sociedad nipona. Propone pues a su mecenas francés la realización de un largometraje... pornográfico. Lejos de sentirse ofendido, Dauman está encantado. En Francia, el nuevo presidente Valéry Giscard d'Estaing acaba de liberalizar la representación del sexo en el cine: este tipo de películas  se multiplican en las pantallas, y Dauman augura para este género un futuro prometedor, mediante la producción de largometrajes que sean tanto eróticos, casi pornos, como, a la vez, de arte y ensayo.
El propósito de Oshima es desterrar el tabú de la representación no simulada del sexo en la pantalla. En Japón, está prohibido mostrar tanto los genitales como el el vello corporal, y la censura está vigilante. El cineasta se apoyará en una de las noticias más famosa antes de la guerra. En 1936, un sirviente, Sada Abe, estranguló a su amante durante el orgasmo antes emascularlo y caminar durante dos semanas por las calles con el pene en la mano, radiante de alegría como atestiguaron numerosos testigos. El realizador quiere llevar a cabo un verdadero disfrute sexual (La corrida de amor es el título original de El imperio de los sentidos), donde las figuras eróticas será el equivalente a los pases de muleta hasta la muerte... 
Disidencia sexual y antimilitarismo
Para Oshima, la disidencia sexual de Sada Abe y de su amante Kichizo, no es sólo una manifestación extrema de amor loco, tan querido por los surrealistas, es también una resistencia ejemplar al militarismo, que, durante los años 30 del siglo XX, dominaba la política japonesa - en una de las pocas escenas de exterior de El imperio de los sentidosKichizo camina en sentido contrario a los soldados que desfilan. 

Lo primero que en la película hay de escandaloso es el relato realizado desde un punto femenino, mejor feminista, al contrario de lo que era tradicional en el cine erótico japonés, el pinku eiga, concebido para un público mayoritariamente masculino se basaba en la violencia y en la humillación de la mujer. Por el contrario, Oshima quiere que su cine guste a las mujeres. ¿Sada Abe estaba considerada como una víctima de estas pulsiones?  Y, por ello, la transforma en una dominadora, que asume su líbido voraz y ejerce el pode sobre su amante. Lo que era una novedad en la sociedad japonesa que desde la modernización de la era Edo hacia finales del siglo XIX, reprimía la sexualidad y no permitía que las mujeres mostraran sus deseos.  
Lo segundo que provocará escándalo en El imperio de los sentidos fue magnificar, gracias a la belleza de sus imágenes y de la iluminación dignas de las películas eróticas tradicionales, que la moral burguesa consideraba sexo "sucio". La cineasta Catherine Breillat lo explica muy bien en el apasionante  de la serie documental Il était une fois, dedicado a la película de Oshima: cuando la actriz Eiko Matsuda se muestra realizándole una felación a su pareja Tatsuya Fuji, presentando el rostro de una madonna…
Si el rodaje tuvo lugar en Japón, el montaje se realizó en Francia, para evitar a los censores nipones. Pero el imperio de los sentidos casi fue destruido por la censura francesa. El 31 de diciembre de 1975, el presidente Giscard dio marcha atrás: las películas con contenido pornográfico serán consideradas como de clase X, distribuidas en salas especiales y penalizadas con una serie impuestos especiales. Toda la estrategia de distribución comercial de la película ideada por Anatole Dauman es cuestionada. El productor solicitará el apoyo de de intelectuales de renombre -Roland Barthes, André Pieyre de Mandiargues…-, para defender la dimensión artística de la película. Y funcionó: el primer ministro Jacques Chirac, un gran amante de la cultura japonesa,  y nada mojigato, concede una exención a El imperio de los sentidos, que escapa así a esa etiqueta infame. 
En Japón, sin embargo, la película se estrenó con las escenas de sexo cortadas y censuradas. Dos meses después, en diciembre de 1976, Ooshima comparece ante el tribunal de Tokyo acusado de obscenidad. No es propiamente dicho la película la causa, sino el guión, las fotos, los carteles etc. El cineasta asistió a numerosas audiencias (que se extendieron durante tres años) para hacer valer su derecho a libertad de expresión. Como argumento de su defensa, afirmó con malicia: "si consideramos que la obscenidad existe, hay que decir que solo existe en la cabeza de los fiscales y de los policías que la persiguen". Trayendo así  para su defensa las palabras que Sada Abe  había pronunciado delante de la misma corte, cuarenta años antes...
Oshima y su editor fueron condenados a pagar una multa  en diciembre de 1979. La película se volvió a reestrenar en los cines japoneses en el año 2000: las escenas consideradas pornográficas fueron reintegradas, pero aparecen borrosas a nivel de los genitales. Aún hoy día, la versión integra de El imperio de los sentidos está prohibida en Japón. 

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