Interesante y mágica fantasía, crecer también es perderse. En 1986 Jim Henson estrenó Dentro del laberinto (Labyrinth), esa película que unió a una Jennifer Connelly adolescente con un David Bowie hipnótico como Jareth, rey de los goblins. En su momento no fue un éxito de taquilla, pero con el tiempo se ha convertido en una obra de culto: marionetas y criaturas creadas por la factoría Henson, con la participación de George Lucas, escenarios imposibles, canciones pegadizas y un tono a medio camino entre el cuento de hadas y el viaje psicológico, que hoy sería difícil ver en una gran producción “juvenil”.
La historia arranca con Sarah, una chica frustrada con su vida y con su papel de hermana mayor, que en un arrebato desea que los goblins se lleven a su hermano pequeño. El deseo se cumple, y Jareth le da un ultimátum: tiene trece horas para atravesar un laberinto lleno de trampas, engaños y criaturas extrañas si quiere recuperarlo. En ese viaje, Sarah se enfrenta a sus miedos, a sus fantasías, a sus contradicciones y al magnetismo peligroso de un rey goblin que le ofrece quedarse en un sueño eterno de máscaras y cristal.
El libro Dentro del laberinto, escrito por A. C. H. Smith y publicado en castellano por Nocturna en 2023, es la novelización oficial del guión. La edición recupera como portada el icónico cartel de la película, un detalle que por sí solo ya despierta la nostalgia de cualquier lector que creciera con ella. Es una novela breve, de lectura muy ágil, que sigue de cerca la estructura de la película, pero añade algunos matices interesantes: más presencia de la voz interior de Sarah, detalles sobre sus dudas y emociones, y alguna pincelada extra del universo del laberinto. No reinventa la historia, pero sí la redondea y la acerca un poco más al punto de vista de la protagonista.
Volver hoy a Dentro del laberinto, ya sea en papel o en pantalla, es redescubrir lo poco “inocente” que fue siempre este cuento. La relación entre Sarah y Jareth está cargada de ambigüedad, el laberinto es un espacio de manipulación constante, y la película no tiene ningún reparo en mostrar lo inquietante que puede ser dejar de ser niña. No se explican todos los símbolos, ni se subraya cada lección. El espectador —y ahora el lector— tiene que hacer su parte del trabajo.
Los niños de los años 1980 y 1990 lo intuíamos, aunque no tuviéramos todavía palabras para explicarlo. Ahora, con la edición de Nocturna, podemos volver a ese laberinto con menos miedo a perdernos, y quizá con más miedo a entenderlo del todo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario