sábado, 7 de febrero de 2026

Cien años de cine y acrobacias con Buster Keaton, “el aristócrata de la caída” (III)

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Cualesquiera que sean los obstáculos que encuentre en su camino, cualquier resistencia que las cosas le presenten, cualquier burla que los hombres le lancen, Keaton siempre decide afrontarlos con corazón ecuánime, sin dejarse desanimar, pero tampoco dejarse exaltar por triunfos irrisorios.
Buster Keaton en El navegante (1924)
Él mismo comparó sus personajes con los de Chaplin: “Por ejemplo, Charlie: siempre fue un vagabundo, un holgazán. Cuando encontraba trabajo, ya fuera de albañil o de dependiente, seguía siendo un holgazán, trabajando solo lo suficiente para ganar dos o tres comidas y terminaba de vuelta en la calle... Yo, en cambio, no era ni un holgazán ni un inadaptado: cuando encontré trabajo, mi norma de conducta era esforzarme al máximo por dar satisfacción, como si pretendiera hacer ese trabajo el resto de mi vida. Si tuviera que conducir una locomotora, me esforzaría por hacerlo bien; Charlie, en cambio, la habría llevado a una vía muerta y se habría dado por vencido”.
Buster Keaton en El maquinista de La General (1926)
El secreto de su legendaria impasibilidad reside precisamente ahí. A quienes le preguntan por qué nunca se le ha visto reír en pantalla, simplemente responde: “Estaba concentrado en lo que hacía”. La belleza del personaje reside precisamente en esta concentración inquebrantable; Keaton corre, salta, idea planes ingeniosos, los ve fracasar, se asombra, se recupera, vuelve a empezar, sin mostrar la más mínima emoción.
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