jueves, 13 de junio de 2013

Novedad literaria


El día del entierro

Edith Wharton 
Traducción de Susana Carral

El Rey Lear editores
2013
72 págs.
El profesor Trenham sufre remordimientos por haber engañado a su esposa, que acaba de morir inesperadamente, un hecho que todos atribuyen a su carácter emotivo y nervioso. Tan apesadumbrado como asustado, Trenham decide romper con su joven amante cuando su mujer apenas acaba de recibir sepultura. Edith Wharton recrea en El día del entierro la psicología de un machista, de un egoísta incapaz de afrontar la vida en solitario ni de pensar en la felicidad de su pareja. Un desenlace inesperado pondrá un poco de justicia en este retrato social en el que la gran escritora norteamericana vuelve a demostrar su valentía para romper con los arquetipos tradicionales y las tesis más conservadoras.

Edith Wharton (Nueva York, 1862 - Saint-Brice-sous-Forêt [Francia], 1937)

Fue una de las escritoras norteamericanas más populares de los pri
meros años del siglo XX, ganadora del Premio Pulitzer. Aunque Edith Newbold Jones nació en Estados Unidos, gran parte de su vida la pasaría en Europa. En 1885, se casó con el banquero Edward Wharton, de quien se divorció en 1913. Durante la década de 1890 escribió relatos para Scribner’s Magazine, y en 1902 publicó una novela histórica titulada El valle de la decisión. Su fama literaria se consolidó finalmente con La casa de la dicha (1905), obra poblada de personajes pertenecientes al cerrado y artificioso mundo social en el que ella misma había nacido. En 1907, se estableció definitivamente en Francia. Su novela corta Ethan Frome, una trágica historia de amor entre personas corrientes ambientada en Nueva Inglaterra, se publicó en 1911. Posteriormente Wharton produjo un gran número de novelas, libros de viajes, relatos (entre los que destacan algunos cuentos de fantasmas memorables) y poemas. Entre sus novelas destacan Las costumbres del país (1913), La edad de la inocencia (Premio Pulitzer en 1921) y El hijo de la señora Glenn (1935). Wharton, primera mujer merecedora de un título honorario de la Universidad de Yale, ofreció una visión irónica y desapegada de la sociedad victoriana, con especial preocupación por el sutil juego de las emociones en una sociedad que censuraba la libre expresión de sentimientos.

Primera páginas

SU ESPOSA HABÍA DICHO: «Si no la dejas, me tiro por el balcón». Él no la dejó y su esposa se tiró por el balcón. Claro que nada de aquello había salido a la luz durante las pesquisas. Por suerte, la Sra. Trenham no había dejado ni una carta ni un diario... no había dejado papeles de ninguna clase; ni siquiera un pequeño montón de cenizas en el hogar de la chimenea. Era de esas mujeres que no parecen tener demasiadas pertenencias o estorbos materiales. Y el Dr. Lanscomb, que la había atendido desde que el esposo ocupara su cátedra en Kingsborough, testificó que siempre había sido excesivamente emotiva y nerviosa, y que no se había recuperado del todo después de sufrir la muerte de su único hijo. La declaración del médico puso fin a la investigación.

En total, la cosa no duró más de diez minutos. Y después de otro interminable lapso de cuarenta y ocho horas, llegó el entierro. Ambrose Trenham nunca fue capaz de recordar lo que había hecho durante aquellas cuarenta y ocho horas. Los parientes de su mujer vivían al otro extremo del continente, en California; él no tenía familia cercana; y la casa —que de repente le resultaba extraña y desconocida, una casa que parecía no haberle pertenecido nunca— había quedado en manos de los caritativos vecinos, mujeres maternales que no hacían ruido al pisar y hombres serviles y con mucha labia que parecían un cruce de vendedores de libros con predicadores. Aquellos hombres tomaron medidas, comentaron cuestiones técnicas en voz baja con las mujeres maternales y poco después regresaron con un ataúd de herrajes dorados. Alguien preguntó a Trenham qué quería grabar en la placa del féretro y él respondió: «Nada». Más tarde se dio cuenta de que ésa no era la respuesta esperada; pero en aquel momento todo el mundo la atribuyó a que el dolor lo había incapacitado.
Antes del entierro, un momento horrible destacó entre los demás, aunque todos fueron espantosos. Se produjo cuando la Sra. Cossett, la esposa del profesor de Literatura Inglesa, se acercó a él y le preguntó:
—¿Quiere verla?
—¿Verla? –exclamó Trenham, sin comprender.
La Sra. Cossett parecía sorprendida y un poco escandalizada.
—Ha llegado el momento. Van a cerrar el ataúd. 
«Oh, pues que lo cierren» estuvo a punto de responder el viudo; pero por la expresión de la Sra.Cossett supo que lo que se esperaba de él era algo muy distinto. Se levantó, salió tras ella de la habitación y la siguió escaleras arriba. Miró a su mujer. Su rostro no había sufrido daños.
Eso también había quedado atrás, igual que el funeral y el entierro. No sabía cómo, pero el tiempo había pasado. Durante el funeral, Trenham había descubierto en sí mismo —el distraído, el poco observador— la asombrosa facultad de distinguir a todos y cada uno de sus conocidos entre la multitud que abarrotaba la iglesia. Le resultaba increíble. Sentado en el primer banco, con la cabeza inclinada hacia delante entre las manos, de repente fue como si poseyera el don de saber quién estaba a su espalda y quién a cada lado. Cuando terminó el funeral, al son de «Oh, Paraíso», ocupó su puesto detrás del ataúd para recorrer tras él la nave central y, aunque seguía con la cabeza inclinada y no era consciente de mirar ni a derecha ni a izquierda, los rostros se iban colando en su campo visual. Y entre ellos... sí, de repente, el de Barbara Wake. La conmoción fue terrible, tan seguro estaba Trenham de que ella no acudiría. Más tarde comprendió que no tenía otro remedio, porque debía guardar las apariencias. «Las apariencias» seguían gobernando Kingsborough, ¿y dónde no mandaban, en el mundo universitario, sobre todo en Nueva Inglaterra? Pero en aquel momento, y durante un buen rato, Trenham se sintió horrorizado, como si aquello ultrajase lo que ahora era para él su sentir más sagrado. ¿Qué derecho tenía ella? ¿Có-
mo se atrevía? Qué indecencia... Como parte de la reacción producida por la impresión de verla, sus remordimientos ante lo ocurrido se endurecieron para volverse odio glacial hacia la mujer que había sido la causa de la tragedia. La única causa,
porque en un abrir y cerrar de ojos Trenham había desechado la parte que le correspondía en la misma. «Esa mujer me tentó». Sí ¡era verdad! Eso era lo que su pobre e injustamente tratada Milly le había dicho siempre: «Eres tan débil; y ella no deja de tentarte...».
Solía reírse al considerar a Barbara Wake una seductora; ¡otro delirio de Milly! Por entonces le parecía que era él quien siempre perseguía y la joven quien esquivaba; pero ahora la veía como su esposa la había visto y por eso la despreciaba. ¡Cuánta indecencia, acudir al entierro! Para verlo otra vez, imaginaba él... Era insaciable... Como si nunca se cansara de ponerle los ojos encima. Pero, si podía evitarlo, él se ocuparía de que no volviera a hacerlo.

Edith Wharton en el cine

Algunas de las obras de esta autora se han llevado al cine, destacamos:
  • La Edad de la Inocencia (The Age of Innocence, 1934) de Philip Moeller, con Irene Dunne, John Boles, Lionel Atwill, Helen Westley, Laura Hope Crews, Julie Haydon, Barry O’Moore, Theresa Maxwell Conover, Edith Van Cleve, Leonard Carey: Producida por RKO radio pictures.


  • La Edad de la Inocencia (The Age of Innocence, 1993) dirigida por Martin Scorsese, protagonizada por Daniel Day-Lewis, Michelle Pfeiffer y Winona Ryder y realizada por Columbia Pictures. La película ganó el Oscar al mejor diseño de vestuario y fue nominada al Oscar a la mejor actriz de reparto (Winona Ryder), mejor guión adaptado, mejor música original y mejor dirección de arte. Su eslogan promocional fue: "En un mundo de hipocresía y traición, ellos se atrevieron a romper las normas."

  • Etham Frome (1993) de John Philip Madden, y contó entre su reparto con Liam Neeson (en el papel de Ethan) y Joan Allen (en el papel de Zeena).
  • Las bucaneras (The Buccaneers, 1995) TV, dirigida por Philip Saville, con  Carla Gugino, Alison Elliott, Mira Sorvino, Rya Kihlstedt, Mark Tandy, Dinsdale Landen, Cherie Lunghi, Sophie Dix, Sienna Guillory, Rosemary Leach, Emily Hamilton, Ronan Vibert, Michael Kitchen, Greg Wise, Connie Booth, James Frain. Producida por British Broadcasting Corporation (BBC).

  • La casa de la alegría (The House of Mirth, 2000) de Terence Davies, con Gillian Anderson, Dan Aykroyd, Anthony LaPaglia, Laura Linney, Eric Stoltz, Eleanor Bron, Terry Kinney, Jodhi May, Elizabeth McGovern. Comparada por The Times con La edad de la inocencia" todavía más incisiva. Gillian Anderson fue premiada a la mejor actriz en los British Independent Film Awards.


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