domingo, 16 de junio de 2013

Biografías de cine: Luis García Berlanga (I)

Los años cincuenta del pasado siglo se presentan para el cine español como la década de la inquietud, de la renovación, de la apertura y reconocimiento internacional, de la confianza en unos planteamientos que conducen a la industria por los caminos de los que se mantuvo alejada en años anteriores debido, sobre todo, a su hermetismo y anquilosamiento propiciados por una frenética coacción a la libertad de expresión.

La inquietud social se desarrollaba en Europa, la aparición del neorrealismo italiano, los postulados
seguidos por el cine de lo cotidiano, el relato de todos los días, las inquietudes de cada una de las personas de una sociedad: sus problemas, miserias, incomprensiones, ingenuidades, intentan ser reflejadas desde la óptica de un cine hispano que no puede permanecer alejado de las corrientes europeas.
Uno de los jóvenes inquietos que en esta década desea “evolucionar” y ofrecer un cine distinto es Luis García Berlanga.

Biografía

Luis García-Berlanga Martí nació en Valencia el 12 de junio de 1921, en un
a familia de terratenientes de Camporrobles. Su abuelo, Fidel García Berlanga (1859-1914), era miembro activo del Partido Liberal de Sagasta, a finales del siglo XIX, llegando a ser diputado en Cortes en Madrid y presidente de la diputación de Valencia. Su padre, José García-Berlanga (1886-1952), comenzó también su militancia en el Partido Liberal, para luego pasar al partido de centro derecha de Lerroux, el Partido Radical, y más tarde afiliarse al partido de centro izquierda burgués de Martínez Barrios, Unión Republicana. Los orígenes de su madre, Amparo Martí, fueron mucho más humildes, ya que venía de una familia de emigrantes de Teruel que se establecieron en Valencia. Su tío materno, Luis Martí Alegre, llegó a ser presidente de la Caja de Ahorros de Valencia.
El propio Luis García Berlanga cuenta a su biógrafo Antonio Gómez Rufo en relación a su padre: “Y así fue que cuando llegó 1936 mi padre estaba en Unión Republicana, en el Frente Popular. Pero resultaba que era muy perseguido por determinadas facciones de la ultraizquierda, concretamente por aquellos con los que más simpatizaba yo, los anarquistas, a causa no recuerdo qué follones en Utiel y en Requena, por lo que no le quedó más remedio que huir de Valencia para salvarse de la persecución. Y se fue a Tánger, donde vivió un año, hasta que lo detuvieron los nacionales.”
Durante su juventud se unió a la División Azul para evitar represiones políticas por el cargo de gobernador civil que su padre había desempeñado en Valencia durante la República española. En 1990, el propio Luis reconoció que se alistó pues muchos de sus amigos eran miembros jóvenes destacados de FE de las JONS. Sobre su ideología azul en aquellos años son muchos los testimonios de divisionarios que compartieron con él las trincheras en Rusia, como, por ejemplo, José Luis Amador de los Ríos. 
En marzo de 1943 ganaba el premio «Luis Fuster» dado por el SEU —sindicato universitario falangista— de Valencia por su artículo aparecido en la Hoja de Campaña de la División Azul titulado Fragmentos de una primavera. Escribía:
    “[...] Sobre un carro, un carro de ruedas destartaladas y ejes que chirriaban, a contraluz con la estepa iluminada eternamente, llevamos ayer su cadáver a Motorwo, y en su jardín, la cabeza hacia España, lo enterramos... Con él se fueron las medallas religiosas, el cisne blanco en la camisa azul, y aquellas rosa de los Alpes que una estudiante alemana le regalara. Nos dejó, sin embargo, una antología de la buena muerte y una postura arrogante ante lo irremediable. Caía la tierra sobre su cuerpo y descendía sobre nosotros el afán silencioso en la lucha. Así, sin gritos, proseguíamos, cada vez más acelerada, la marcha hacia los límites de nuestra conciencia. Se desangran, sí, los cadáveres de los falangistas, pero esa sangre entra en las venas de los que nos quedamos, para rejuvenecer nuestro ímpetu”.
Ya en sus primeros pasos denota un denodado interés por su formación intelectual: gusta de leer con asiduidad, pintar y escribir, como señaló en una ocasión «yo tenía y sigo teniendo la vanidad de pensar que lo único que creo hacer bien es escribir poesías». Intenta estudiar varias carreras, pero en ninguna progresa. A su regreso de la División Azul trabaja como crítico cinematográfico en la radio y prensa valencianas.
Decidió estudiar Derecho y luego Filosofía y Letras, pero más tarde, en 1947, cambió su vocación e ingresó en el Instituto de Investigaciones y Experiencias Cinematográficas de Madrid, forma parte de su primera promoción, conociendo allí a Juan Antonio Bardem, con quien compartirá sus primeros pasos en el cine. Fue un incansable guionista, una labor que va a permanecer en casi su totalidad para su recuerdo, puesto que únicamente se realizaron Sangre y luces (Sangs et Lumiéres), dirigida por R. Wheeler y R. Muñoz Suay en 1953, y Familia provisional (1955), de F. Rovira Beleta. Su trabajo, sin embargo, estuvo mediatizado por todo tipo de censuras, ya que junto con la de la Administración, la más acuciante de todas, había otras de tipo comercial e industrial e, incluso, de orden ético.

Se casó en 1954 con María Jesús Manrique de Aragón (n. 1921) y fueron padres de cuatro hijos: José Luis García-Berlanga, Jorge Berlanga (1958-2011), periodista, escritor y guionista (participó en el guion de varias películas de su padre) y director de la Mostra de Valencia entre 2001 y 2002, de Carlos Berlanga (1959-2002), músico, compositor e importante precursor de la corriente cultural conocida como la movida madrileña, además de la música pop de los años 80, y de Fernando García-Berlanga, locutor y presidente de la desaparecida cadena española Somosradio.
Sus dos hijos más conocidos fallecieron en Madrid relativamente jóvenes por enfermedades hepáticas: Carlos el 5 de junio de 2002, a los 42 años, y Jorge el 9 de junio de 2011, a los 52 años. Luis García Berlanga falleció a los 89 años por causas naturales en su casa de Madrid el 13 de noviembre de 2010. En 2008, teniendo ya un delicado estado de salud, depositó en la Caja 1.034 de las Letras del Instituto Cervantes un sobre donde contenía un secreto el cual pidió que no se revelase hasta junio de 2021 cuando se cumpliera el centenario de su nacimiento.

Cinematografía

Las primeras películas que realiza son las prácticas del IIEC, cortometrajes como Paseo por una guerra antigua y Tres cantos (ambos de 1948) y El circo (1949). Tras salir del Instituto y crear junto con Bardem, Gutiérrez Maesso y otros la productora Altamira, se decide a dar el primer paso en el largometraje.
Debutó como director en 1951, con la película Esa pareja feliz, codirigida con Juan Antonio Bardem, supone el punto de partida para el cine de Berlanga, quien se presenta como un realizador estrechamente arraigado con el sentimiento y la vida del pueblo español. Su honradez es inquieta, deslumbrante, llena de improvisación, y sus comprensivos “descuidos” cinematográficos dan más brillantez y frescura a los temas. En Esa pareja feliz nos habla del error en que vive la sociedad pensando que la felicidad llega de la noche a la mañana. Una pareja de recién casados inicia la vida en común dándose cuenta de lo difícil que es para ellos la existencia cotidiana. Todo ese mundo maravilloso que los medios de comunicación ofrecen a diario no existe. En un concurso son elegidos “la pareja feliz”. Durante todo un día numerosas firmas comerciales les agasajan con regalos, son llevados de un lado para otro en un flamante coche, y cuando regresan a casa se encuentran cansados y “vacíos”. Fueron, como tantos otros, los conejos de indias, el hazmerreír de una sociedad en la que este modelo de personas apenas puede sobrevivir.
Elvira Quintilla y Fernando Fernán Gómez en Esa pareja feliz.
Crítica social, ensueño y falseamiento de la realidad.
La ensoñación feliz continúa en Bienvenido, Míster Marshall (1952), película que sirve de espejo nacional, en el que se puede observar la realidad de una desilusión fruto de esa continuada búsqueda de un milagro social. Plenamente entroncada con los planteamientos neorrealistas, en esta película la colectividad es la doblegada por su propia realidad, una realidad humanizada, poética, solidaria, que después de soportar todo tipo de incongruencias, continúa con su vida, en silencio.
Bienvenido, Mister Marshall
Berlanga desarrolla un cine crítico, emparejado en cierta medida con las corrientes europeas del momento. Novio a la vista (1953) prorroga su línea de caricaturizar unos personajes, unos ambientes, que sirven de modelos de la situación social del momento. La controversia del enfrentamiento contra lo arcaicamente establecido sirve de punto de arranque para desarrollar una trama en la que la infelicidad adolescente ha de superarse con un compromiso de intereses, en el que la madurez demuestra mantenerse alejada de todo sentimiento.
La obra de Berlanga tropieza una y otra vez con los anquilosados planteamientos censores y, en algunos casos, los medios con los que cuenta para realizar su trabajo son muy pobres. Por todo esto, y entre otras cosas, sus películas se van distanciando. La inquietud se vuelve reflexión, su situación económica le permite hacer únicamente aquello que le gusta; los encargos no los toma en cuenta. Su estilo creativo es complejo y se va enmarcando en una reflexión profunda que le hace mantenerse en su línea de actuación.
En Calabuch (1956) la disgresión de la sociedad se ve reflejada en la posición del individuo que intenta enfrentarse a ella. La colectividad sigue conformando esa unidad, pero ahora se critica desde uno de los componentes de la misma; se produce, pues, una autocrítica. El egoísmo se va adueñando de la sociedad y la persona se encuentra cada vez más alejada de su entorno.
Y si en Plácido (1961) convergen todas y cada una de las conductas sociales que lo van a llevar a su desaparición. En una pequeña ciudad provinciana, a unas burguesas ociosas se les ocurre la idea de organizar una campaña navideña cuyo lema es: "Siente a un pobre a su mesa". Se trata de que los más necesitados compartan la cena de Nochebuena con familias acomodadas y disfruten del calor y el afecto que no tienen. Plácido ha sido contratado para participar con su motocarro en la cabalgata, pero surge un problema que le impide centrarse en su trabajo: ese mismo día vence la primera letra del vehículo, que es su único medio de vida.
En El verdugo (1963) se produce el sometimiento de un hombre a unos intereses ajenos a su conducta y a su modo de pensar. Se refleja la crueldad y opresión de un medio que transforma la vida de uno de sus componentes. Con un lenguaje abierto, dispar y mordaz, Berlanga nos ofrece la tragedia de un hombre que, obligado a casarse con la hija del verdugo, por problemas de habitación, se ve llevado por la fuerza, a efectuar una ejecución. En la sonrisa del espectador se encierra la tragedia, revulsivamente agria, del personaje. El premio recibido por la película en Venecia sirvió para que se levantara contra la misma una serie de extraños manejos políticos. 
Y como ya era una constante, Berlanga no se vio sorprendido cuando hábiles censores tergiversan la narrativa de Los jueves, milagro (1959), película considerada por los mismos implicados, como  la más sincera y abierta de las que hasta aquel momento habían tratado el tema religioso en el cine español. El público, falto de juicios, rechazó la obra.
Berlanga colabora, en 1962, en una película de episodios, al lado de Rene Clair, A. Blasetti y Herver Bronmerger titulada Las cuatro verdades. La película consta de cuatro historias basadas en cuatro fábulas de Lafontaine: una mujer intenta recuperar a su marido, un pobre infeliz intenta suicidarse, un hombre celoso llega a pactar con su rival, y una pareja se queda encerrada en un apartamento. Berlanga realizó el episodio La muerte y el leñador, con Lola Gaos y Hardy Krüger. Premios David di Donatello: Plato dorado (Monica Vitti).




Cinco años más tarde realiza una coproducción con Argentina, La boutique,  que resulta un gran fracaso. La acción dramática tiene lugar en Buenos Aires a lo largo de unos dos años (1), en 1965/67. Ricardo Calaza (Bebán) es un próspero empresario, que codirige la sociedad “Martínez y Calaza”, dedicada al desguace de barcos de casco de metal, en cuyo capital participa a medias con su socio José Martínez (Miranda). Lleva algún tiempo casado con Carmen (Bruno), de 22 años (al inicio del relato), dedicada a las labores de la casa. El matrimonio ha entrado en una etapa de crisis a causa de las relaciones furtivas de Ricardo con otras mujeres y la escasa atención que presta a su mujer, que se encuentra sola y aburrida. Carlos es aficionado a las carreras de coches (turismos trucados, mini-cars y maquetas eléctricas sobre raíles), obtiene unos ingresos holgados, es superficial y atolondrado. Carmen sueña con tener una boutique, viajar, relacionarse socialmente, hacer nuevas amistades, romper los estrechos límites de su vida familiar y ser libre. El filme suma comedia y drama.
En 1969, Berlanga vuelve a sus temas preferidos y recoge la idea que plasmó en uno de los muchos guiones que tuvo que arrinconar sus primeros años (en este caso fue el titulado “A mi querida mamá en el día de su santo”).  En Vivan los novios (1970), la opresión religiosa y maternal hacen que el personaje se conserve en la ingenuidad infantil y sus sueños reales sean inalcanzables por la represión decisoria en la que se encuentra. Con esta película se completa una gran etapa de la obra de este realizador, en la que obviamente hay que evitar aquellos trabajos que no se ajustan a los postulados principales. Casi veinte años en los que la que la filmografía de un autor, que pudo ofrecernos más mejores películas, se vio fuertemente coaccionado con continuas trabas que en muchos momentos obligaban al abandono.
(cont.)

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