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jueves, 12 de enero de 2023

Las mejores películas estrenadas en España en 2022 (I)

A continuación y a modo de balance, mostramos un listado de las veinte mejores películas, en nuestra opinión, vistas en nuestro país durante el año que acaba de terminar. 

1. Drive My Car (Doraibu mai kā, 2021), de Ryūsuke Hamaguchi

Está basada en un relato corto de Haruki Murakami de su colección de cuentos de 2014, Hombres sin mujeres.  La película sigue a Yūsuke Kafuku (interpretado por Hidetoshi Nishijima) mientras dirige una producción multilingüe de la obra Tío Vania, de Antón Chéjov, en Hiroshima y lidia con la muerte de su esposa, Oto.  Tuvo su estreno mundial en el Festival de Cine de Cannes de 2021, donde compitió por la Palma de Oro y ganó tres premios, incluido el de mejor guion. La película recibió elogios generalizados de la crítica, y muchos la declararon como una de las mejores películas de 2021. Obtuvo cuatro nominaciones para la 94.ª edición de los Premios Óscar: mejor película, mejor director, mejor película internacional y mejor guion adaptado.​ Es la primera película japonesa nominada a mejor película.​ En la 79.ª edición de los Globos de Oro, la película ganó el premio a la mejor película en lengua no inglesa.

2. Memoria (2021), de Apichatpong Weerasethakul

Tuvo su estreno mundial en el Festival de Cine de Cannes el 15 de julio de 2021, donde se hizo con el Premio del Jurado.  Apichatpong Weerasethakul no había rodado fuera de su país, Tailandia, en otro idioma que no fuera el siamés. Por una vez se traslada a Colombia, donde recurre al español y al inglés, y utiliza actores reconocibles, sobre todo la británica Tilda Swinton, que también ejerce como productora, y el mexicano Daniel Giménez Cacho. Se trata por tanto de su trabajo más occidentalizado, lo que permite que se entienda más fuera de su país, así que se puede seguir la historia de la protagonista casi con normalidad, salvo porque abundan los elementos inquietantes, por ejemplo no se sabe muy bien si el tal Hernán es un espíritu, o la protagonista asegura en un momento dado haber hablado recientemente con un personaje fallecido hace años. El espectador tiene la sensación de estar contemplando una pesadilla en la que lo irracional convive con elementos cotidianos.

3. Licorice Pizza (2021), de Paul Thomas Anderson

Película escrita, fotografiada, producida y dirigida por Paul Thomas Anderson. Realizada alrededor del estallido de la pandemia del coronavirus. La trama está impregnada de detalles que beben de sus emociones íntimas, y donde ha apostado por contar con una gran mayoría de actores desconocidos jóvenes, muchos simplemente hijos de amigos suyos, como Spielberg o Michael Giacchino. Aunque la gran intuición ha consistido en saber que tenía cerca una estrella actoral en potencia, Alana Haim, con la que había rodado junto a sus hermanas Danielle y Este los videoclips de su banda musical Haim. Ella hace a la perfección el papel de Alana, al igual que el recién llegado Cooper Hoffman –hijo del malogrado Philip Seymour Hoffman, con quien Anderson hizo The Master– es perfecto para interpretar a Gary, hay química, nos creemos su relación, el tira y afloja, los celos. Por otro lado, Anderson ha logrado que Sean Penn, Bradley Cooper y Tom Waits aporten la veteranía en sus pequeños papeles.

4. Pacifiction (2022), de Albert Serra

Película del inclasificable “autor” habitual de Cannes Albert Serra, de casi tres horas de metraje de hermosa factura, una ficción en las islas del Pacífico donde vuelve a demostrarse poseedor de un pulso narrativo propio, una capacidad de atrapar con la cámara imágenes de gran belleza, y un modo singularísimo de establecer un “mood”; rasgos que pueden irritar y agotar, pero donde hay que reconocer un innegable talento y cierta capacidad de riesgo, no se limita el cineasta a recorrer caminos trillados o a transitar en la pedantería. Sabe contrastar momentos en la hora mágica, magníficos amaneceres y crepúsculos, con De Roller en medio del graderío de un estadio o en clubes nocturnos.

5. Aftersun (2022), de Charlotte Wells

Multipremiada película británica que ha supuesto la puesta de largo de la habitual cortometrajista escocesa Charlotte Wells, que también ha escrito el guión, inspirado en sus propios recuerdos juveniles, pues de hecho se nota que habla de forma sentida sobre su lucha por entender a un progenitor con el que apenas tuvo trato. Le ha dado la alternativa el estadounidense Barry Jenkins, responsable de Moonlight, que ejerce como productor, y que parece su modelo a la hora de establecer un tono hiperrealista. La película está construida en dos tiempos, pues muestra imágenes de la protagonista en el presente, observando vídeos del pasado en los que aparece con su padre, mezclados con flashbacks que ofrecen una visión nostálgica e idealizada del pasado.
(cont.)

martes, 13 de julio de 2021

Las 21 mejores películas del siglo XXI (I)

Como forma de celebrar el séptimo arte, realizamos un inventario de las veintiuna mejores películas, en nuestra opinión, realizadas a lo largo de los años transcurridos del presente siglo. 

21.-  Tropical Malady (Sud pralad, 2004), de  Apichatpong Weerasethakul

Dividida en dos partes sin ningún ánimo de simetría, reflejo o causalidad, en Tropical Malady conviven indistintamente la comicidad, el paisaje, la sensualidad y el misterio. Lo primero que llama la atención, incluso antes de su peculiar estructura, es la liviandad para contraer puntos tan distantes: a una pareja de hombres enamorados le sucede un tigre nocturno extraído de la más antigua de las mitologías. Con todo lo extravagante de sus presupuestos, el transcurso de la película apenas tiene sobresaltos; podemos, en definitiva, navegar a través de sus imágenes sin que éstas se nos impongan. El cine de Apichatpong Weerasethakul es lo más cercano al acto de respirar: una actividad vital de la que no tenemos plena conciencia.

20.- The Assassin (La asesina) (Nie yin niang2015), de Hou Hsiao-Hsien

Enfrentarse a The Assassin implica una amplia reconstrucción del backstory de su protagonista, parca en palabras y escurridiza en una presencia que se diluye entre las sombras de los bosques o las sedas. Su presente personal lo condiciona el complejísimo entramado político de la China del siglo XI, que la ha convertido en asesina, la ha alejado de su familia y la ha obligado a enterrar sus lazos sentimentales hasta empujarla a una profunda soledad. La película, tan opaca como esta protagonista, nos asoma muy sutilmente a la hondura de sus afectos, y brinda los momentos más bellos en aquellos planos que muestran su rebrotar mediante pura imagen.

19.- Inland Empire (2006), de David Lynch

Inland Empire tiene, como rasgo esencial, ser una película que rechaza las clasificaciones existentes. Entre la improvisación, la inquietud, el juego metacinematográfico y la fábula fantástica, sus materiales se apilan en una diégesis completamente dislocada que hace del fragmento, de la pista falsa y de la pura sugerencia sensorial sus materiales narratológicos básicos. Al contrario que otras cintas contemporáneas que vieron en las herramientas digitales un puro ejercicio de abaratamiento de costes de producción, Lynch realizó una profunda exploración del formato y del proceso de trabajo, de los materiales, las texturas, las posibilidades de la iluminación, del movimiento o del montaje, abriendo vías que pese a su indudable potencia formal y significante, todavía quedan inexploradas en pleno 2021.

18.- Tío Boonmee recuerda sus vidas pasadas (Lung Boonmee raluek chat, 2010), de Apichatpong Weerasethakul

Excepciones contadas, ya no veo más que amaneramiento en un cambio en la relación de aspecto o en la entrada inesperada del fantástico en el cine social: ¿será el símbolo un parche ante la incompetencia, un agente oscuro y falaz del realismo mágico? Mientras, lejos, en el corazón del monte tailandés, Apichatpong Weerasethakul apuesta por depurar, por revelar y esconder. Habla claro, sin vacilar, aunque no lo entendamos. Podría adscribirse a las palabras intemporales de Oscar Wilde: «Quedan tan pocos misterios hoy en día que no podemos permitirnos perder ni uno solo más». En medio de la noche, un buey se libera de sus ataduras. 

17.- Brokeback Mountain (20059, de Ang Lee

Ang Lee, que ya había abordado el tema de la homosexualidad en El banquete de bodas (1993), dio la campanada con esta suerte de western ambientado en la década de los años 1960 y basado en el cuento homónimo de Annie Proulx. Al igual que en otros títulos imprescindibles del cine romántico, como Casablanca o Los puentes de Madison, el amor entre sus protagonistas era tan fuerte y arrasador que no existía posibilidad de un final feliz, por lo que la renuncia era la única salida posible. Brokeback Mountain ya es historia del cine, un clásico moderno que fue capaz de emanar auténtico aliento épico de un relato intimista. Algo que solo los grandes como David Lean se podían permitir.

16.- Lost in traslation (2003), de Sofia Coppola

El último abrazo y las palabras de Bob (Bill Murray) a Charlotte (Scarlett Johansson) —que no logramos discriminar— con las que se cierra el segundo largometraje de Sofia Coppola se han erigido en el símbolo, en el poema visual de una generación que antepone el recuerdo y la melancolía a la propia realidad; anhelos no sentidos que encontraron anterior y posteriormente su equivalente fílmico en las obras de realizadores como David Lean (Breve encuentro, 1945), Richard Linklater (Antes del amanecer, 1995) o Kogonada (Columbus, 2017), entre otros muchos. Fulgores efímeros que dan cuerpo, rostro e imagen a sueños que puede que jamás tengan forma corpórea. Aun con todo, inspiran y emocionan, como lo hace la magnífica película de Coppola, que corrobora la sensibilidad apuntada en su excelente ópera prima, Las vírgenes suicidas (2000). Así, Lost in translation es una parábola sobre una contemporaneidad dominada por la soledad; donde el éxito es deuda y la mirada siempre es retrospectiva. Por suerte, la vida, como el cine, ofrece un espacio para celebrar los conatos mágicos que rompen la monotonía de nuestra existencia. La cinta de Coppola es el perfecto exponente de todo ello; y su final El paradigma.

15.- Carol (2015), de Todd Haynes

A la altura de los grandes, Haynes utiliza los más bellos estilismos visuales, con una fotografía deslumbrantemente romántica, para representar la alegórica y descarnada belleza del padecimiento mental y el drama de las dos mujeres protagonistas. Miradas de soslayo, recuerdos de una noche imborrable, ilusiones rotas por la cruel realidad de un amor que no siempre aparece en el lugar o el momento adecuado, dejando a los enamorados, como a todos los que se adelantan a su tiempo, condenados al delicioso sufrimiento de las fugaces recompensas; lo efímero de una caricia tan poderosa que compensa el aguantar con rabia una vida de golpes.
(cont.)

martes, 27 de marzo de 2018

El cine: una mirada a lo invisible (II)

En torno a un joven en apuros, Cédric Kahn pinta la fraternidad salvadora de una comunidad de creyentes, aislada en las montañas. Y evoca los misterios de la fe en toda libertad.
Naturaleza, oración, trabajo ... para salir de la adicción
Está lleno de ira, miedo y furia. Lanza miradas desesperadas al hombre silencioso que lo conduce a esta aislada comunidad católica en las montañas donde, él sabe que sufrirá, pero tal vez sanará. Thomas (Anthony Bajon, brillante a la mejor actuación en el reciente festival de Berlín) a los 20, aparenta menos. Es pequeño, casi achaparrado, visiblemente sólido, pero desgastado, por la droga de la que no puede deshacerse. Aquel que lo recibe en este centro liderado por antiguos adictos le advierte: sin contacto con el exterior, más de un momento de soledad. Aquí solo trabajará y orará. Ore y trabaje hasta lo absurdo, hasta la pérdida de la autoconciencia. Bajo la supervisión - ayuda - de una especie de "ángel de la guarda": Pierre (Damien Chapelle, extraordinario también). Thomas se rompe. Huye, se refugia en una granja donde una niña, una especie de aparición celestial de la que inmediatamente se enamora, le aconseja que regrese. Resistir. Lo que hace... Bajo la atenta mirada de Peter, él trabaja y ora, ora y trabaja como los demás, hasta el punto de creerse, equivocadamente, en paz, pretendiendo ser feliz.
Cédric Kahn pinta a menudo a unos intransigentes, obsesionados y atormentados por unos dura celos irracionales [Marin (Charles Berling) en L'ennui (1998)], al mentiroso patólogico y delicuente [Kurt (Stefano Cassett)i en Roberto Succo (2001)] o la obsesión por la paternidad y la vida en la naturaleza [(Mathieu Kassovitz) en Vie sauvage (2014)]. Pero pintó solo a adultos, vanidosos y soberbios, que parecen tropezar con una serie de obstáculos invisibles. Thomas está vagando, sin dirección, pero, al menos, está avanzando. Sin saber realmente dónde, por qué o cómo: a la manera del personaje de Mouchette (1967) de Robert Bresson (libro homónimo de Georges Bernanos). Ciertamente, los estilos difieren: la naturaleza, por ejemplo, no existía o era opresiva en el viejo maestro cristiano, mientras que ilumina las películas de Cédric Kahn (Vie suavage y La Prière, al menos). Pero ambos se identifican para pintar los vínculos invisibles entre los seres y la oscuridad de los caminos que los conducen a la luz, identificando, paso a paso, el nacimiento de un misterio que los salva. Durante una excursión en las montañas, Thomas pierde de vista a sus compañeros. Está solo, envuelto en la niebla, la noche y el frío. Un paso en falso y cae interminable: imposible levantarse y caminar: su rodilla está destrozada. Aterido, angustiado, escondido detrás de una roca, susurra, y sin duda sinceramente por primera vez, las palabras de una oración que ha repetido durante meses, sin realmente creer en ella.
Más una película sobre la fraternidad que sobre la fe
Todo lo que sigue -a esa fe repentina y ardiente de Thomas, su resolución abrupta de ingresar a las órdenes- es a la vez esencial e irrisoria. Mientras se observa con cierto detenimiento vemos que se mezcla con una ironía imperceptible, el director deja que su héroe se defienda con sus convicciones, sus vacilaciones y sus ilusiones. Lo importante para Cedric Kahn, se podría resumir en la última frase de El carterista (Pickpocket, 1959), de Robert Bresson: "Oh, Jane, para llegar hasta usted, un extraño camino es el debido tomar." Y el camino, aquí, es el ritual. La oración se basa en las palabras, las canciones, los gestos, repetidos hasta la saciedad, que finalmente liberan a los que pensaban que eran prisioneros. Es menos una película sobre la fe que la fraternidad. Y eso es lo que hace que las despedidas de Thomas sean desgarradoras, partiendo hacia su destino, a sus compañeros en la desgracia, unidos para desearle buena suerte. Comenzando con su "ángel guardián". Los dos jóvenes se abrazan durante un largo tiempo, y uno puede ver a Peter abrumado por no haber adquirido aún la fuerza que le ha transmitido al otro. Pero la vida nunca es correcta. La fe, tampoco.

miércoles, 21 de marzo de 2018

El cine: una mirada a lo invisible (I)

No son cineastas cristianos, como Robert Bresson lo fuera una vez, pero Scorsese, Giannoli o Cédric Kahn, cuya película La prière (2017) se estrena el miércoles 21 de marzo de 2017, se atreven a sugerir que el otro lado es posible. Al final del viaje: el misterio.
Ciertamente, siempre se puede contar con Martin Scorsese para respirar, incluso en sus películas superficiales y brillantes como El lobo de Wall Street (The Wolf of Wall Street, 2013), una reflexión sobre la inutilidad y el vacío de las apariencias que tanto gustan a los seres  humanos. En 2016, firmó sin duda su película más ambiciosa sobre este tema, Silencio (Silence), una adaptación de Shusaku Endo que había tratado de realizar durante años, en la que afirmaba abiertamente esta vez lo sagrado como la fuente de vida  -lo que no fue del agrado, incluso de sus fans-.
También de vez en cuanto encontramos algunos signos dispersos de espiritualidad en el tailandés Apichatpong Weerasethakul, autor de El Tío Boonmee que recuerda sus vidas pasadas (Lung Bunmi Raluek Chat, 2010), ganadora de la Palma de Oro, en el Festival de Cannes de ese mismo año. La historia se centra en los últimos días de la vida del personaje que da nombre a la película. Junto a su familia - incluyendo el fantasma de su difunta esposa y de su perdido hijo que regresa en una forma no-humana - Bonmee explora o recuerda sus pasadas vidas al tiempo que contempla sus vidas pasadas. En 2015 también dirigió Cemetery of Splendour, en la que la trama gira en torno a una creciente epidemia de la enfermedad del sueño donde los espíritus aparecen a los afectados y la alucinación se vuelve indistinguible de la realidad. El director afirma: "Hago películas para que los espectadores se dejen ir, se dejen llevar a otros mundos". 
En Francia, la sorpresa llegó con el debut de Clément Cogitore con su Ni le ciel ni la terre  (2015), fascinante y muy original dentro del panorama joven cine francés sobre un grupo de soldados en Afganistán. Cogitore es un director con un talento contrastado que sabe claramente crear atmósferas y desbloquear las fronteras entre géneros (la guerra y la fantasía, el suspense y la acción) y los centros de interés (el realismo y el misticismo). La película fue galardonada con el Premio Gan Foundation, y en 2016 con el premio al mejor estreno francés. otorgado por la Unión Francesa de Críticos de Cine, nominada para el Premio Louis-Delluc; el premio Lumière, así como al César a la mejor opera prima. Como A War (Una guerra) (Krigen, 2015) o Land of Mine (Bajo la arena) (Under sandet, 2015), Cogitore utiliza el género bélico para hablar de otras cosas. Una propuesta llena de enigmas y de una enorme fuerza telúrica.